LES ALTERNATIVES DE GESTHA

Moltes d'aquestes propostes podrien aplicar-se en el termini d'un any.

CUANDO QUEDAS ATRAPADX EN LA DESTRUCCIÓN, DEBES ABRIR UNA PUERTA A LA CREACIÓN. Anaïs Nine

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INTERFERÈNCIES

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Si no somos dueños de la frescura del aire, ni del brillo del agua, ¿Cómo podrán ustedes comprarlos? Gran Jefe Seattle

EL ACONTECIMIENTO #15M

No me fio de la incomunicabilidad, es la fuente de toda violencia. Jean-Paul Sartre

dissabte, 12 de desembre del 2015

Verificación de sexo, o la necesidad del sexismo en el deporte competitivo

Caster Semenya celebra su victoria en la carrer
a de los 800 metros femeninos en Berlín. / 
AP
Artículo publicado en el blog Contra el amor, a raíz de la noticia editada en el diario El País en el mes de junio. Os recomendamos la lectura de la publicación de El País en la cual se analizan los graves errores científicos en los que incurren organismos como el COI, la FIFA o la IAAF al establecer unos parámetros de definición de la categoría "mujer" imposibles para muchas deportistas, ignorando la complejidad de la sexualidad humana en un alarde de sexismo e ignorancia que ha llevado a algunas de estas mujeres a plantearse el suicidio ante la humillación y el desprestigio profesional y personal del que han sido víctimas.
La administradora del blog

Tabla de la IAAF para ayudar a los jueces
 a identificar atletas con altos niveles de
 testosterona en función de su cantidad
de vello corporal.
Esta noticia tiene ya meses, pero la polémica que suscita y el problema al que da actualidad no sólo siguen vigentes, sino que esa vigencia permanece lamentablemente intacta. No he encontrado información sobre si la FIFA piensa seguir aplicando el protocolo de verificación del sexo en las próximas citas internacionales, pero logró aplicarlo en el Mundial de Canadá celebrado este verano y las deportistas tuvieron que tragárselo.
El problema ha sido acertadamente tratado, no sólo como una humillación a las deportistas, a las que se exige definirse mediante la obsoleta categoría de “sexo biológico” cuando su identidad social lo hace desde la categoría de “género”: El machismo en el deporte, con el fútbol siempre a la cabeza, reubicaría así a cada deportista en la condición cisgénero, obligando a aquellxs que no se lo consideran a dar un paso atrás en la definición y construcción de su identidad.
Pero la humillación se extiende a las mujeres no federadas, es decir, a todas las restantes, porque la definición de “mujer” como categoría se realiza mediante un criterio restrictivo: Para ser mujer hay que mantenerse por debajo de unos máximos. Es decir, que si superas determinados rendimientos físicos, debes ser investigada porque dichos rendimientos corresponden a la categoría de “varón”. ¿Os imagináis a Usaín Bolt expulsado de los JJOO porque su rendimiento supera la categoría de “varón” (correspondiendo, por ejemplo, a la de “extraterrestre”)? Por supuesto que no. El varón no sólo es superior; además es ilimitado. La mujer también, por supuesto, pero en su inferioridad. Nadie denunciará, y menos ante la FIFA, que un rendimiento por debajo de determinados niveles sea la consecuencia de una educación en la que ella ha sido discriminada de la formación física. Al contrario, es el varón el que, de no llegar al mínimo, cae en la categoría desechable de “afeminado”.
La conclusión de todo esto, para el feminismo, es que desde el deporte se re-esencializa, con un artificio esta vez indigestamente grosero, la condición de mujer. Si hubiera algún tipo de lógica de la justicia política, o al menos una sensibilización social generalizada, la FIFA, y cualquier otro organismo que forzara la diferenciación sexual, serían inmediatamente señalados como sexistas, incitadores de violencia contra las mujeres, y sancionados de modo ejemplarizante.
Pero es que ellos habrán dicho lo siguiente: No se puede establecer una competición en igualdad de condiciones si no hay una definición rigurosa de esas condiciones. Dado que no todas las personas tienen las mismas, éstas deben ser clasificadas. Cualquier otra solución no sería “competición” y desacreditaría dicha competición frente al espectador. Desde el momento en que todxs sabemos que un deporte está estructuralmente dopado, por ejemplo, o cuando se sabe que unxs deportistas parten desde unas condiciones netamente superiores al resto, ese deporte queda desprestigiado y su seguimiento cae de forma irremisible. Dennos un modo justo, adecuado, de clasificar las condiciones de competición, y (si somos capaces de superar nuestros prejuicios sexistas, así como los de aquellas federaciones más retrógradas cuya participación se considera imprescindible) lo utilizaremos.
Sería inútil intentar ofrecer esa clasificación alternativa. Toda clasificación implicaría que, en cada categoría, quienes estuvieran más cerca de la categoría superior no sólo partirían con la indeseada ventaja a priori con respecto a sus competidores, sino que además estarían siempre en el punto de mira de la persecución del fraude, especialmente si sus resultados eran demasiado buenos.  Así es como funcionan las llamadas “categorías inferiores”, en realidad, al ser divididas por edad. Quienes están a punto de alcanzar la categoría siguiente parten de una cierta superioridad a priori que se entiende como cosa natural y que será compensada al año siguiente por el crecimiento de los pequeños y el paso de los mayores a otra categoría en la que ahora los pequeños serán ellxs. Pero se nos dirá que esta jerarquía se vuelve atractiva y capaz de venderse como espectáculo en la medida en la que hay una categoría reina y final, y que es en función de las perspectivas de cada deportista con respecto a esa categoría final como se juzga su rendimiento en todas las anteriores y subordinadas.
Entonces podríamos ofrecer como solución una sola categoría, sin más. Todo el mundo compitiendo como si las diferencias físicas no existieran, y que gane el más capacitado. Que la clasificación se realice de manera espontánea. Si una o varias mujeres pueden desbancar a uno o varios futbolistas de élite, que lo hagan. Así habrá sólo “jugadorxs”, y nadie se preguntará, salvo por curiosidad, si un equipo tiene más o menos mujeres, o mestizxs, o bajitxs. Se hablará sólo de la calidad de cada futbolista y de si está a la altura del resto de la plantilla. Se evitarán  (o se agravarán) de paso, las idiotas polémicas sobre la conveniencia de que los vestuarios sean mixtos.
Pero entonces el paso atrás será otro: Cada deporte filtrará a sus campeonxs en función de las capacidades que se privilegiaron a la hora de concebir dicho deporte, y éste no servirá para otra cosa que para reforzar, no ya el sexismo, sino todo tipo de discriminación. Se desharía el trabajo que se pretende realizar, por ejemplo, con los deportes paralímpicos.
Podríamos, entonces, transformar los deportes y entrar, de paso, en el terreno de la sociología-ficción, porque aquí sí que hablaríamos de un movimiento de responsabilidad social para el que la naturaleza ha imposibilitado a los grandes grupos económicos en cualquiera de los mundos posibles.
Deportes diseñados a partir de una combinación equilibrada de aptitudes serían reformados en la medida en que dicha combinación privilegiara a uno u otro grupo sociofísico, hasta alcanzar una representación democrática en los rankings. Pero, junto con ello, se fomentaría un desplazamiento de la atención desde la competición a la acción deportiva. Porque en la medida en que se pretendan objetivar las clasificaciones, la pugna por ocupar los puestos más altos implicará siempre una atribución injusta de mérito a quien disfruta de un privilegio físico, por pequeño que sea. El verdadero interés del deporte no está en cómo el jugador de 2,13 ha puesto un tapón al que sólo mide 1,80. El verdadero interés es contemplar y entender cómo cada uno de los dos se ha enfrentado al obstáculo que el otro le interpone y cuáles han sido las soluciones más atractivas y eficaces que se han aportado en esa situación.
En un deporte así la clasificación sólo serviría para ayudar a entender qué ha pasado, y muy poco para saber quién fue mejor. Cualquier buen aficionado al deporte (no a la competición) sabe que tras las monolíticas tablas clasificatorias quedan ocultas las verdaderamente grandes historias deportivas. Este enfoque haría que las últimas sustituyeran a las primeras. Pero, además, y nada menos, haría que el deporte dejara de ser discriminatorio.Parece muy complicado, utópico, inimaginable e inasequible a nuestra cultura. Pero, en realidad, sólo estamos hablando de que el “deporte” vuelva a ser “juego”. Todxs hemos jugado mucho más de lo que hemos competido, porque así empezamos a relacionarnos con las cosas y porque la competición, por su naturaleza discriminatoria, nos expulsó a casi todxs.


Fuente fotografía: http://deportes.elpais.com/deportes/2011/06/09/actualidad/1307604113_850215.html

diumenge, 22 de novembre del 2015

¿Qué ha pasado en París? Que Occidente ha transmitido al resto del mundo la idea de que la violencia es la via para resolver los conflictos

El escritor y periodista independiente de origen belga Michel Collon, publica en el colectivo fundado por él, Investig'Action, una declaración en la cual analiza las causas del terrorismo, al tiempo que acusa a los verdaderos culpables de los trágicos sucesos ocurridos en París el 13 de noviembre. Michel Collon señala como responsable a Occidente, por haber trasmitido al resto del mundo la idea de que el uso de la violencia es el único instrumento para resolver los conflictos, (yo diría para provocarlos y así justificar actuaciones posteriores). Una violencia que está basada en la guerra, el racismo y la xenofobia, y denuncia, así mismo, el programa de EEUU para desarrollar conflictos bélicos en Afganistán, Somalia, Irak, Iran, Sudán, Líbia y Líbano. Algunos de los países del Norte que en las últimas décadas han sufrido actos terroristas como los perpetrados en Francia, han financiado a los grupos responsables de estos sucesos que hoy pretenden combatir o, como en el caso de España, han apoyado la invasión de otros estados. Los grupos terroristas financiados y entrenados por Occidente tienen sus propias agendas, distintas a las de los estados que los sufragan, y las alianzas se mantienen hasta que se dejan de compartir los mismos intereses y, entonces, son imposibles de "dominar y/o eliminar", que es lo único que el imperialismo capitalista entiende.  

El objetivo de los pactos establecidos con estos grupos armados ha sido imponer los intereses económicos de los países desarrollados, especialmente aquéllos relacionados con el petróleo, (pero también con otros recursos naturales), estableciendo, del mismo modo, oscuras alianzas con las no menos opacas monarquías de Arabia Saudita y Qatar. Además, Collon acusa a Turquía de abrir sus fronteras para facilitar el paso a Siria de decenas de miles de "yihadistas" de Europa para cometer las mismas atrocidades que en París, yo diría aún más crueles, porque la muerte, en determinadas circunstancias, a veces significa una liberación: no olvidemos, entre muchos otros casos, los suicidios de adolescentes yazidíes en Irak en 2014 tras las violaciones por parte de miembros del Estado Islámico. Así mismo, el periodista señala también como causa de la situación vivida hace una semana en París, al apoyo incondicional de EEUU y la UE al colonialismo israelí, que practica el genocidio contra la población palestina desde hace décadas. Recordemos que, en los ataques cometidos hace un año contra la población de Gaza, murieron varios soldados de nacionalidad norteamericana y de países europeos que combatían en las filas sionistas, así como la financiación por parte de EEUU de un ejército que sostiene el estado artificial de Israel con la fuerza de las armas:  "Palestina es un campo de concentración a cielo abierto", afirma el sociólogo estadounidense James Petras.

No hay que olvidar los intentos de muchos de los países en los que hoy se vive la violencia terrorista por implantar sistemas democráticos en sus estados y que han sido frustrados sistemáticamente por Norteamérica y los países del Norte, por lo que el escenario violento en el que viven es deseado y costeado por aquéllos que, hipócritamente, utilizan la barbarie de la guerra y la represión en nombre de la democracia. Hay que señalar, en todo caso, que la democracia es una estructura mental y, por tanto, imposible de implantar con la fuerza de las armas, la agresión o la imposición de ningún  tipo. Así pues, es un argumento que no sostiene ningún análisis cuando de invadir un país se trata.

Os invitamos a leer el artículo que publicábamos en este mismo blog el 29 de octubre de 2014. En él, el sociólogo y doctor en Socioeconomia Saïd Bomunana analizaba la manipulación y visión sesgada sobre el islam y la cultura musulmana que se hace en Francia, la utilización del término "yihadismo" de manera reiterada por los medios de comunicación de masas y la práctica de la política del antiterrorismo para crear un clima de miedo que posicione a la gran mayoría de la ciudadanía del lado del Estado, justificando actuaciones contra las libertades y derechos civiles y avalando el racismo y la xenofobia. Podéis leerlo cliclando aquí.

La administradora del blog

J'accuse et lance an appel 




Fuente fotografía: http://word.world-citizenship.org/wp-content/uploads/2008/12/michel-collon-belgium-rog-r90p-300x275.jpg

dissabte, 14 de novembre del 2015

Vivimos en sistemas tanato-políticos, donde el soberano gobierna mediante la muerte

Artículo de Jule Goikoetxea, doctora en filosofía y profesora de Ciencias Políticas en la Universidad del País Vasco. Publicado en la revista DIAGONAL.
Cuando empezó el ataque a Siria, ahora directamente relacionado con los acontecimientos de ayer de París, escribí sobre una idea que ha trabajado mucho Preciado. La idea de que toda tecnología de gobierno necesita inscribirse dentro de un aparato de verificación y que la violencia, en este sentido, es también un aparato de verificación.
Para justificar en su momento el ataque de Siria, Estados Unidos dijo, en boca de Kerry: “Tenemos pruebas que verifican la utilización de armas químicas” decía primero, haciendo ver al mundo que han aplicado el método técnico-científico para producir verdad, es decir, para producir hechos: “Es un hecho que han utilizado armas químicas’, por tanto, decía después, ‘tenemos derecho a atacar’ , es decir, la violencia (igual que la verdad) ha de aplicarse, y ciertos cuerpos han de pasar (morir, sufrir…) por esa violencia (igual que cuando la Inquisición producía verdad mediante la tortura).
Ahora, en respuesta a los ataques de París, veremos el mismo discurso funcionar: se usará la violencia porque es “necesario” (matar, excluir a cierta gente) ya que no hay otra forma para gobernar mejor a la gente (dígase democracia, dígase libre mercado…)”. Es decir, la violencia humanista es aquella que tiene una justificación democrática: para gobernar mejor hay que matar.
Por tanto, la violencia humanista no es simplemente una consecuencia de intereses (o de acciones de individuos semi-racionales), sino un conjunto de técnicas de muerte y de técnicas de gobierno.
El humanismo es un movimiento que surge hacia 1300 en Europa y, resumiendo en extremo, trataba de recuperar los elementos más característicos de la antigüedad clásica. Es la ideología-práctica por excelencia del Renacimiento y su papel será fundamental en la configuración tanto de la Modernidad como de Occidente y su (o nuestra) forma de entender la razón, la religión, la moral, el estado, el individuo, la verdad, la ciencia… Y ahora vayamos a lo que no dicen las enciclopedias.
El humanismo nació, y se desarrolla, como un tipo de violencia, mediante un conjunto de técnicas de gobierno y de muerte específicas.
En realidad, para Foucault, el humanismo se ha desarrollado sobre todo en el núcleo de técnicas de muerte. Técnicas de muerte entendidas como formas de gobierno, es decir, prácticas y dispositivos dirigidos a gobernar a la población mediante la muerte, desde el ahorcamiento habitual en la plaza pública, pasando por la también tradicional pena de muerte y el confinamiento, las torturas, pasadas y actuales, la guerra, las muertes por deshidratación, malaria, hambre, etc. Todo ello son maneras o técnicas de gobernar la población, propia y ajena.
Dichas técnicas de muerte (que se solapan con técnicas de vida, por ejemplo, en el control de la reproducción de la vida; nacimientos, abortos, anticonceptivos, inseminación artificial, etc.) se llevan a cabo mediante determinados aparatos de verificación que varían a lo largo de la historia.
Los aparatos de verificación son el resultado de la articulación de discursos, representaciones y prácticas sociales que permiten decidir sobre lo verdadero y lo falso, son las máquinas históricas que producen verdad. El aparato de verificación dominante de nuestra época es el técnico-científico.
Volvamos a Siria y a París: todo el proceso de investigación técnico-científico que en su momento se llevó a cabo en Siria (para verificar si se han lanzado armas químicas entre la población), y la que se está ahora llevando a cabo en París, donde Hollande ha dicho que ‘los bárbaros son ellos y los civilizados nosotros, y que nadie tenga ninguna duda de que el Estado de Derecho (es decir, la democracia) será implacable (es decir, matará) pero, eso sí, siguiendo un discurso y una práctica técnico-científica mediante la que “descubrirán a los verdaderos (verdad) responsables” sin decir jamás que es el aparato técnico-científico que usan lo que produce verdad. No la descubre. Los terroristas se producen (financiándolos o invadiendo pueblos y territorios ajenos como Siria). Los terroristas no se descubren, se producen. Y el ISIS en este caso se produce además mediante el aparato técnico-científico (industrial) de, entre otros, París. Ya que en su momento, recordad a Kerry, justificaron la creación del ISIS (implícitamente), con el objetivo de gobernar mejor a la gente (democracia). Y ahora se pone sobre la mesa el mismo argumento pero para matarlos.
Por eso decimos que la violencia actual es la que gobierna a través de técnicas de muerte inscritas en el aparato de verificación técnico-científico.
Se trata de analizar la violencia como una práctica de gobierno. Y esto es aplicable al gobierno entre estados (y entidades transestatales). En este punto os pido un pequeño repaso mental por el mapamundi para recordar que la violencia es una práctica de gobierno en todas partes y lo que se trata es de entender su carácter específico en cada época y lugar.
El humanismo es un tipo de violencia caracterizada por determinados aparatos de verificación y determinadas maneras de gobernar las cosas y las personas: la democracia liberal y el capitalismo son sólo un ejemplo de dichas maneras de gobernar.
Opino que analizar el humanismo como un tipo de violencia, un conjunto de técnicas de gobierno y de muerte, ayuda a la hora de entender algo de lo que está ocurriendo no sólo en Siria o Francia, sino en Estados Unidos, en Egipto, en Israel, Turquía, España, Rusia, Grecia… y también lo que sucede entre unos y otros cuando se rozan mal.
Dicen por ahí que vivimos en sistemas tanato-políticos, sistemas donde el soberano gobierna mediante la muerte, fuera muy fuera de casa, y dentro muy dentro también. 

divendres, 13 de novembre del 2015

El Tribunal Europeo de Derechos Humanos vuelve a ponerse de parte de los abusos de poder

Artículo de Joaquín Urias, profesor de Derecho Constitucional y doctor en Derecho por la universidad de Sevilla, especialista en libertad de expresión e información, publicado en la web alrevés y alderecho.
El fotógrafo de un periódico está cubriendo una manifestación. El acto se vuelve violento y entonces la policía le pide a todos que desalojen la calle. La mayoría de la gente lo hace. Se queda, sin embargo, un grupo de unos veinte irreductibles que organizan una sentada. Junto a ellos permanece el fotógrafo, a quien su periódico le ha pedido que documente si se producen incidentes finales. Hasta que la policía, cansada, los detiene a todos y los acusa de desobediencia. Al fotógrafo también.
La acusación lleva a un proceso y en él el tribunal competente dicta una sentencia declarando al periodista culpable de delito de desobediencia. Sin embargo, el mismo tribunal toma en cuenta el hecho de que estaba trabajando como informador y por ello decide no condenarlo a ninguna pena. Es decir, lo declara culpable, pero no le impone ningún castigo.
El periodista, no obstante, está disconforme. Cree que su detención ha sido ilegal y que a él no se le puede declarar culpable de nada. Así que decide recurrir la sentencia… incluso ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH).
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Todo esto sucede en Finlandia. No cabe duda de que los países escandinavos tienen una visión de los derechos fundamentales de los ciudadanos y de la necesidad de evitar cualquier arbitrariedad estatal mucho más estricta que la nuestra. En este caso eso ha permitido que el Tribunal de Estrasburgo se pronuncie sobre los casos en los que el poder público puede impedir la presencia de reporteros en un suceso. Se trata del asunto Pentikäinen contra Finlandia, de 20 de octubre de 2015.
Efectivamente, lo que está en juego en este asunto es decidir cuándo un policía puede, legítimamente, ordenar a un periodista que abandone una manifestación.
Ante este dilema, como suele pasar, la respuesta del máximo tribunal europeo en materia de derechos humanos ha sido decepcionante. O al menos ha sido percibida como decepcionante por la mayor parte de defensores de la libertad de prensa.
Efectivamente, el TEDH rechaza el recurso presentado por el periodista. En su decisión final pesan sobre todo tres datos: el fundamental es el hecho de que el periodista no estuviera identificado externamente como tal antes de su detención (no llevaba ropas distinguibles, ni identificación como prensa visible, ni siquiera su equipo llevaba pegatinas o signos del periódico para el que trabajaba). También valorar que se le eximiera de cumplir ningún tipo de pena, debido precisamente a ser periodista. Por último da relevancia a que en ningún momento se le impidiera tomar fotografías o documentar la manifestación ni le fuera retirado, revisado o controlado el material obtenido.
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Hasta aquí la decisión, pero ¿se trata de una buena sentencia?
En realidad para entender bien la sentencia hay que partir del modo de argumentar del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, muy diferente del de nuestros tribunales. El único razonamiento que lo guía es siempre si las medidas restrictivas de derechos fundamentales adoptadas en cada caso por los Estados son “necesarias en una sociedad democrática” para la salvaguarda de intereses públicos. Es decir, que es lo que se denomina un ‘tribunal de equidad’, que en vez de aplicar normas se limita a valorar la razonabilidad yproporcionalidad de los actos enjuiciados. Por eso sus decisiones suelen estar trufadas de valoraciones morales y son a menudo producto de la impresión que los detalles del caso crean en la mente de los magistrados. Tanto es así que en esta ocasión en determinado momento la sentencia señala incluso que policía demostró “una actitud incluso favorable hacia el periodista”, por el hecho de ponerlo en libertad “sólo” dieciocho horas después de su detención, en el sexto lugar entre el centenar largo de detenidos.
Dicho esto, y pese a los términos en que se juzga el caso, la decisión del TEDH puede perfectamente calificarse de errónea y dañina para la libertad de prensa. Por dos razones: porque no ha analizado bien los detalles y circunstancias del caso. Y porque el Tribunal parece no haber medido el impacto negativo de su decisión.
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En cuanto a las circunstancias del caso, la mejor manera de entender lo absurdo de la Sentencia es leer la opinión de cuatro magistrados disidentes, incluido el Presidente del Tribunal. Efectivamente, estos jueces aceptan el hecho de que la ausencia de signos externos de identificación puede justificar la aprehensión del periodista. Sin embargo señalan también que nada justifica que “una vez que la policía fue informada de su estatus como informador y vio su credencial de prensa persistiera alguna razón para someterlo a diecisiete horas y media de detención, reteniendo su material periodístico ni para acusarlo y condenarlo por desobediencia.”
Efectivamente, si bien es cierto que los periodistas no pueden cometer delitos en el momento de obtener su información y si lo hicieran deben responder de los mismos exactamente igual que le resto de ciudadanos, la verdad es que aquí no se ha cometido ningún delito. El periodista no mantuvo actitudes violentas durante la manifestación ni participó de gritos o actos emitidos en la misma. Se limitó a permanecer en ella como modo de documentar los hechos. Y es precisamente por eso, por el mero hecho de estar, por lo que se le detiene y castiga.
De ese modo, el TEDH viene a permitir que se mantenga detenido y se condene a un periodista –aunque sea levemente- por el mero hecho de estar de forma neutra en un suceso, limitándose a documentarlo.
Es cierto que los periodistas no tienen un derecho ilimitado de acceso a cualquier información. Por ejemplo, un fotógrafo que con el objetivo de documentar un delito entrara ilegítimamente en la escena de un crimen saltándose la prohibición policial podría ser perfectamente detenido y castigado por ello. En los mismos términos que cualquier otro ciudadano. Sin embargo, en ese supuesto la legalidad de la detención vendría determinada por el hecho de que efectivamente se tratase de la escena de un crimen y resultara necesario protegerla, pues no cabría declarar como escena de un crimen a un espacio que no lo es con el único objetivo de evitar que la prensa informe de determinados hechos. Lo que ha hecho el TEDH en este caso es, precisamente, no entrar a verificar si la orden de abandonar el lugar dada a un periodista tenía un sentido real o era una excusa para evitar que cubriera y los hechos.
Captura de pantalla 2015-11-04 a la(s) 19.10.16
En nada afecta el que al fotógrafo no se le hubiera impedido anteriormente realizar su labor, pues lo determinante es que en un momento concreto la policía le impide continuar fotografiando, lo detiene y le retiene el material durante casi un día completo. Lo que sucediera antes no debe ser relevante. Lo relevante es si esa restricción es o no legítima.
Pero si la solución al caso es errónea, más importante aún es su trascendencia. La gran sala del Tribunal Europeo de Derechos Humanos acepta pocos casos. Y sólo cuando está en juego la interpretación o aplicación del Convenio Europeo de Derechos Humanos. Al aceptar este caso y resolverlo de esta forma está lanzando un mensaje muy restrictivo de la libertad de prensa.
Efectivamente, aunque el Tribunal Europeo minimiza esta consecuencia, el aceptar que se puede detener y condenar a un periodista que está documentando una manifestación tiene en sí mismo un efecto disuasorio. Cualquier otro periodista, en cualquier país europeo, sabe a partir de ahora que pueden detenerlo y castigarlo si fotografía una manifestación desde dentro. Es cierto que en otros casos las circunstancias pueden ser distintas, pero ese detalle no es el que llega a las autoridades. Habrá casos en los que el periodista vaya perfectamente identificado, o en los que se le incauten las fotografías, o en los que la manifestación no sea ni siquiera violenta… y en todos ellos va a ser difícil explicar a los policías y las autoridades que no pueden expulsar al reportero del evento ni detenerlo. Como dicen los magistrados disidentes, “al contrario, resulta bastante claro quelos argumentos de la sentencia desafortunadamente permitirán a los Estados un margen considerable a la hora de imponer medidas restrictivas de la actividad periodística en eventos públicos en los que la policía utilice la fuerza”.
En fin, la libertad de prensa está constantemente en peligro. Por su propia definición es un derecho que molesta a quien tiene el poder y que todos –absolutamente todos– los gobernantes quieren limitar y controlar. Decisiones como éstas sólo vienen a darle oxígenos a autoridades y jueces que –como los españoles– ya tienen de por sí una visión restrictiva y controladora de la prensa. En última instancia de lo que se trata es de que quien tiene el poder pueda usarlo a su antojo y de que los ciudadanos no lleguen a enterarse. Con esta Sentencia el Tribunal Europeo vuelve a ponerse de parte de los abusos del poder y en contra de los derechos de los ciudadanos. Una pena. Otra más.
 Pentikainen

diumenge, 1 de novembre del 2015

El capitalismo está unido necesariamente a la subjetividad elaborada por la cultura cristiana occidental

"Actualmente, asistimos a una disolución de las relaciones sociales por la imposición del sistema neoliberal. Es una destrucción del tejido social que se da en la postModernidad y que se ha ido fraguando en décadas anteriores. Exponer el escenario amenazante en el que vivimos no es un acto pesimista: se trata de señalar las condiciones para, realmente, pensar algo, si es que en realidad queremos pensar. Porque si se trata de ocupar simplemente el espacio de las preocupaciones con un pensamiento que de alguna manera nos consuele y nos reconforte, evidentemente no estaríamos cumpliendo la función de poder producir un pensamiento que tenga la capacidad de suscitar una respuesta ante aquello que nos amenaza. Porque si aquello que amenaza queda tal cual y seguimos pensando por otro lado como si no pasara nada, es evidente que este pensamiento no es un recurso que nos pueda servir para hacer frente a la realidad."

Estas son las palabras del filósofo argentino León Rozitchner (1924-2011) con las que iniciaba en 2006 la primera conferencia de las siete que componían el curso Política y Subjetividad, impartido por él en la Facultad Libre de Rosario, RIZOMA. El filósofo se había doctorado en la Sorbonne con Lucien Goldman como tutor y también fue alumno de Maurice Merleau Ponty, Paul Ricoeur y Claude Levy-Strauss.  Es autor, entre muchas otras obras, de Freud y los límites del individualismo burgués y La cosa y la cruz.

A continuación, transcribiremos la mayor parte de esta conferencia, a la que hemos añadido dos comentarios y un fragmento propio, y rehecho algunas frases del filósofo para que fueran más comprensibles y adecuadas al texto escrito.


La administradora del blog


 



Fuente fotografía: http://www.continental.com.ar/escucha/archivo_de_audio/jornadas-sobre-la-obra-de-leon-rozitchner-en-la-biblioteca-nacional/20140812/oir/2363608.aspx

diumenge, 25 d’octubre del 2015

El orden hegemónico, o cómo imponer un punto de vista particular sobre el mundo para convertirlo en el punto de vista mayoritario

Artículo de la filósofa Maite Larrauri publicado en su blog Filosofía para profanos, que enlaza con la construcción del concepto de "típico" analizado por el filósofo y psicoanalista esloveno Slavoj Žižek en el post anterior

Este libro –Construir pueblo. Hegemonía y radicalización de la democracia–, puede ser leído con la misma facilidad y con el mismo placer que una novela, una novela en la que dos personajes conocidos mantienen una larga conversación sobre asuntos de política y de historia de nuestro país.

Pero, dado que tanto Chantal Mouffe como Íñigo Errejón son profesores de Teoría Política, se trata de una conversación que contiene algunos conceptos teóricos no evidentes por sí mismos. Gramsci está en la base de todo, pero también algunos autores de lo que se ha denominado como postestructuralismo. En la medida en que las conclusiones de ese diálogo reposan sobre esos conceptos, y en la medida en que la discusión política hoy en día se ha convertido de nuevo en un territorio apasionante (sin duda, gracias a Podemos), he considerado interesante señalarlos y analizarlos para poder seguir pensando, no sólo las situaciones que nos proponen, sino otras que se nos puedan presentar.

El primero de ellos es el concepto de “esencialismo”. La batalla que llevan a cabo Errejón y Mouffe contra el esencialismo consiste en asumir la crítica que Gramsci hace del materialismo histórico, tal y como fue formulado en su día por el marxismo clásico. El materialismo marxista considera que la economía determina la historia de las sociedades, porque determina la identidad de los sujetos a través de su posición en la producción: pertenecer a una clase social es el dato original a partir del cual los individuos se identifican con una política que representa sus intereses. Puesto que, en los análisis de Marx, el proletariado es la clase social que puede superar las contradicciones del capitalismo –y pese a ser sólo una clase y no toda la población–, encarna un proyecto universal: el desarrollo humano hacia un mundo mejor.

La concepción esencialista, dice Mouffe al principio de esta conversación, “veía la existencia de las identidades políticas como previas a su articulación discursiva”. Lo que esta “articulación discursiva” significa puede iluminarse con lo que escribió Gramsci en sus Cuadernos: “No es la estructura económica la que determina directamente la acción política, sino la interpretación que se da de ella”. Es decir, el discurso de la política, la interpretación que los argumentos políticos dan de una situación concreta es lo que determina la existencia de unas identidades políticas, de unos proyectos políticos en los que los individuos se reconocen. La política, pues, antes que la economía.

Que Gramsci, a tenor de lo que dicen quienes lo han estudiado, no haya nunca utilizado el concepto de alienación para analizar la realidad, es una muestra clarísima de que lo que dice se aleja francamente de la ortodoxia marxista. En efecto, el marxismo clásico tuvo que crear una teoría de la alienación que permitiera explicar por qué muchos individuos que eran clase obrera actuaban, pensaban y votaban en contra de sus intereses. ¿Si son obreros –se decía–, si ese es su ser de clase, por qué no se identifican con una política de clase? La respuesta de Gramsci no necesita hablar de la alienación como engaño de la ideología dominante, sino que emplea la idea de que la política es hegemonía: si la hegemonía la detenta el sector financiero y capitalista, aun cuando las clases desfavorecidas sean mucho más numerosas, en estas no se producirá una identificación masiva con una política que se plantee tomar el poder contra quienes las oprimen y explotan.

“Hegemonía” es el concepto con el que Errejón y Mouffe nos invitan a pensar la política y la historia. A las mujeres (no sé si así dicho en general, pero por lo menos a las mujeres feministas) no nos resulta difícil entender en qué consiste la hegemonía, por la sencilla razón de que el patriarcado ha sido hegemónico –y todavía no se ha acabado– durante siglos y siglos. “Hegemonía” significa dominio ejercido mediante la persuasión y el consenso. Aun cuando en algunos momentos el dominio del patriarcado se ha servido de la fuerza, lo bien cierto es que no hubiera podido durar tanto tiempo si no hubiera sido por la complicidad y el acuerdo también de las mujeres.

¿Cómo puede ser que un punto de vista particular sobre el mundo (como es el punto de vista patriarcal, o el punto de vista del liberalismo económico) se imponga de tal manera que acabe siendo el punto de vista mayoritario (tanto de hombres como de mujeres, tanto de los banqueros como de los trabajadores)? Foucault tiene una respuesta: porque el punto de vista, las gafas con las que miramos la realidad, no se perciben, y lo que se ve a través de ellas no se toma como lo que las gafas nos permiten ver, sino como la realidad misma de lo que es. Errejón dice que todo orden trata de naturalizarse. Un orden hegemónico ha convertido en natural su punto de vista, haciendo que no aparezca como punto de vista sino como visión de la realidad: nos pone ante los ojos lo que tenemos que ver y sostiene que eso es lo que hay.

Pero la pregunta sigue en pie. ¿Cómo lo han conseguido? ¿Cómo han hecho los varones durante siglos para hacer que se adoptara su concepción del mundo misógina y que ni siquiera se reconociera como una concepción particular? ¿Cómo ha hecho el neoliberalismo para que la inmensa mayoría hayamos deseado enriquecernos, consumir continuamente y vivir con ese modelo de desarrollo como un ideal? Errejón y Mouffe hablan de, al menos, dos procedimientos: la configuración de un sentido común y la creación de las identidades.

El sentido común nos hace reconocer lo que es evidente y compartirlo con las personas de nuestro alrededor. Las subjetividades nos permiten identificarnos y saber quiénes y qué somos. Cada momento histórico permite ver y reconocer unas cosas. Para el hablante, para el que percibe, no hay más juego que el que las reglas del juego le permiten decir y percibir. Entrar en el juego, pertenecer a una sociedad, significa hablar como los demás y ver como los demás. La sociedad –concuerdan Errejón y Mouffe– es un espacio discursivo y las identidades son una construcción.

El esencialismo y la naturalización asociada se ponen en entredicho cuando observamos que el sentido común no es común a todos los humanos geográfica e históricamente, y que las identidades no son idénticas por los siglos de los siglos. El cambio que se ha producido en las identidades de género demuestra que no hay nada que pueda afirmarse como el ser hombre o el ser mujer. En los humanos nada puede entenderse como natural, todo es historia, ha tenido un comienzo y por eso mismo puede tener un final. No existe el Ser de las cosas, sólo modos de ser.

dijous, 22 d’octubre del 2015

La hegemonía y sus síntomas: cómo se construye el concepto de "típico"

Recurrimos de nuevo al filósofo y psicoanalista esloveno Slavoj Žižek, y su libro En defensa de la intolerancia, para explicar, en esta ocasión, "el proceso mediante el cual un contenido particular acaba revistiendo valor de lo típico: el proceso en el que se ganan o se pierden las batallas ideológicas".

A continuación reproducimos un extracto del capítulo en el cual desarrolla esta idea:

Este concepto de "típico", por ridículo que pueda parecer, esconde, pese a todo, un atisbo de verdad: cualquier concepto ideológico de apariencia o alcance universal puede ser hegemonizado por un contenido específico que acaba "ocupando" esa universalidad y sosteniendo su eficacia. Así, en el rechazo del Estado Social reiterado por la Nueva Derecha estadounidense, la idea de la ineficacia del actual Welfare System ha acabado construyéndose sobre, y dependiendo del, ejemplo puntual de la joven madre afro-americana: el Estado Social no sería sino un programa para jóvenes madres negras.

La "madre soltera negra" se convierte, implícitamente, en el reflejo "típico" de la noción universal del Estado Social... y de su ineficiencia. Y lo mismo vale para cualquier otra noción ideológica de alcance o pretensión universal: conviene dar con el caso particular que otorgue eficacia a la noción ideológica.

Así, en la campaña de la Moral Majority contra el aborto, el caso "típico" es exactamente el opuesto al de la madre negra (y desempleada): es la profesional de éxito, sexualmente promiscua, que apuesta por su carrera profesional antes que por la "vocación natural" de ser madre (con independencia de que los datos indiquen que el grueso de los abortos se produce en las familias numerosas de clase baja). Esta "distorsión" en virtud de la cual un hecho puntual acaba revestido con los ropajes de lo "típico" y reflejando la universalidad de un concepto, es el elemento de fantasía, el trasfondo y el soporte fantasmático de la noción ideológica universal: en términos Kantianos, asume la función del "esquematismo trascendental", es decir, sirve para traducir la abstracta y vacía noción universal en una noción que queda reflejada en, y puede aplicarse directamente a, nuestra "experiencia concreta". Esta concreción fantasmática no es mera ilustración o anecdótica ejemplificación: es nada menos el proceso mediante el cual un contenido particular acaba revistiendo valor de lo típico: el proceso en el que se ganan o se pierden las batallas ideológicas.

Volviendo al ejemplo del aborto: si en lugar del supuesto que propone la Moral Majority, elevamos a la categoría de "típico" el aborto en una familia pobre y numerosa, incapaz de alimentar a otro hijo, la perspectiva general cambia, cambia completamente...

La lucha por la hegemonía ideológico-política es, por tanto, siempre una lucha por la apropiación de aquellos conceptos que son vividos "espontáneamente" como "apolíticos", porque trascienden los confines de la política.

Fuente fotografía: http://www.elortiba.org/notapas673.html

dijous, 8 d’octubre del 2015

Los nuevos estados de vigilancia: "nuestra vida privada se ha acabado y, por así decirlo, es imposible recuperarla"

Artículo escrito por Ignacio Ramonet, doctor en Semiología e Historia de la Cultura por la École des Hautes Études en Sciences Sociales (EHESS) de París y catedrático de Teoría de la Comunicación en la Universidad Denis-Diderot (París-VII), publicado en Le Monde Diplomatique, publicación de la que ha sido director.

La idea de un mundo situado bajo “vigilancia total” ha parecido durante mucho tiempo un delirio utópico o paranoico, fruto de la imaginación más o menos alucinada de los obsesos de la conspiración. Sin embargo, hay que reconocer la evidencia: vivimos, aquí y ahora, bajo la mirada de una especie de imperio de la vigilancia. Sin que lo sepamos, cada vez más nos observan, nos espían, nos vigilan, nos controlan, nos fichan. Cada día, nuevas tecnologías se refinan en el seguimiento de nuestro rastro. Empresas comerciales y agencias publicitarias registran nuestra vida. Pero, sobre todo, bajo el pretexto de luchar contra el terrorismo o contra otras plagas (pornografía infantil, blanqueo de dinero, narcotráfico), los Gobiernos  –incluidos los más democráticos– se erigen en Gran Hermano y ya no dudan en infringir sus propias leyes para espiarnos mejor. En secreto, los nuevos Estados orwellianos  buscan establecer ficheros exhaustivos de nuestros contactos y de nuestros datos personales tal y como figuran en diferentes soportes electrónicos.

Tras la ola de ataques terroristas que ha golpeado, desde hace algunos años, ciudades como Nueva York, París, Boston, Ottawa, Londres o Madrid, las autoridades no han dudado en utilizar el gran pavor de las sociedades conmocionadas para intensificar la vigilancia y para reducir más la protección de nuestra vida privada. 

Entendámonos: el problema no es la vigilancia en general, es la vigilancia masiva clandestina. Es evidente que, en un Estado democrático, las autoridades cuentan con toda la legitimidad, basándose en la ley y con la autorización previa de un juez, para poner bajo vigilancia a cualquier persona que consideren sospechosa. Como dice Edward Snowden: “No hay ningún problema si se trata de poner bajo escucha a  Osama Bin Laden. Siempre que los investigadores tengan que disponer del permiso de un juez –un juez independiente, un juez auténtico, no un juez secreto–, y puedan probar que existe una buena razón para emitir una orden, entonces pueden llevar a cabo ese trabajo. El problema se plantea cuando nos controlan a todos, en masa, todo el tiempo y sin ninguna justificación” (1).

Con ayuda de algoritmos cada vez más perfeccionados, miles de investigadores, de ingenieros, de matemáticos, de estadistas y de informáticos buscan y clasifican la información que generamos sobre nosotros mismos. Satélites y drones de mirada penetrante nos siguen desde el espacio. En las terminales de los aeropuertos, escáneres biométricos analizan nuestros andares, “leen” nuestro iris y nuestras huellas digitales. Cámaras de infrarrojos miden nuestra temperatura. Las pupilas silenciosas de las cámaras de vídeo nos escrutan en las aceras de las ciudades o en los pasillos de los hipermercados. También siguen nuestra pista en el trabajo, en las calles, en el autobús, en el banco, en el metro, en el estadio, en los aparcamientos, en los ascensores, en los centros comerciales, en las carreteras, en las estaciones, en los aeropuertos...

Cabe señalar que la inimaginable revolución digital que vivimos, que ya ha transformado tantas actividades y profesiones, también ha trastornado totalmente el ámbito de los servicios de información y de la vigilancia. En la época de Internet, la vigilancia ha pasado a ser algo omnipresente y perfectamente inmaterial, imperceptible, “indetectable”,  invisible. Además, se caracteriza técnicamente por una simplicidad pasmosa. Se acabaron los trabajos de albañilería para instalar cables y micrófonos, como en la célebre película La Conversación (2), donde podíamos ver cómo un grupo de “fontaneros” presentaba, en un Feria consagrada a las técnicas de vigilancia, ‘chivatos’ más o menos elaborados equipados con  cajas rebosantes de cables eléctricos que había que esconder en los muros o en el suelo...

Varios estrepitosos escándalos de esa época –el caso Watergate en Estados Unidos, el de los “fontaneros de Le Canard enchaîné” en Francia–, fracasos humillantes para las oficinas de los servicios de información, demostraron los límites de estos antiguos métodos mecánicos, fácilmente detectables y localizables.


Hoy en día, poner a alguien bajo escucha ha pasado a ser algo de una facilidad desconcertante. Al alcance del primero que llega. Una persona normal y corriente que quiera espiar a alguien de su entorno puede encontrar en venta libre en el comercio un amplio abanico de opciones: nada menos que media docena de programas informáticos para espiar (mSpy, GsmSpy, FlexiSpy, Spyera, EasySpy) que “leen” sin problemas los contenidos de los teléfonos móviles: mensajes de texto, correos electrónicos, cuentas en Facebook, Whatsapp, Twitter, etc. Con el auge del consumo en línea, la vigilancia de tipo comercial también se ha desarrollado enormemente, dando lugar a un gigantesco mercado de nuestros datos personales, que se han convertido en mercancías. Durante cada una de nuestras conexiones a una página web, las cookies guardan el conjunto de las búsquedas realizadas y permiten establecer nuestro perfil de consumidor. En menos de veinte milésimas de segundo, el editor de la página visitada vende a los posibles anunciantes la información que nos concierne revelada por las cookies. Apenas unas milésimas de segundo más tarde, la publicidad que se supone que causa más impacto en nosotros aparece en nuestra pantalla. Y así quedamos ya fichados definitivamente.

De alguna manera, la vigilancia se ha “privatizado” y “democratizado”. Ya no es un asunto reservado sólo a los servicios estatales de información. Pero, a la vez, la capacidad de los Estados en materia de espionaje masivo ha crecido de modo exponencial. Y esto también se debe a la estrecha complicidad entablada con las grandes empresas privadas que dominan las industrias de la informática y de las telecomunicaciones. Julian Assange lo afirma: “Las nuevas sociedades como Google, Apple, Amazon y, más recientemente, Facebook han tejido estrechos vínculos con el aparato de Estado en Washington, en particular con los responsables de Asuntos Exteriores” (3). Este Complejo de la seguridad y de lo digital –Estado + aparato militar de seguridad + industrias gigantes de la Web– constituye un auténtico imperio de la vigilancia cuyo objetivo, muy concreto y muy claro, es poner Internet, todo Internet y a todos los internautas bajo escucha. Para controlar la sociedad.

Para las generaciones de menos de cuarenta años, la Red es, simplemente, el ecosistema en el que han pulido su mente, su curiosidad, sus gustos y su personalidad. Desde su punto de vista, Internet no es sólo una herramienta autónoma que se utilizaría para tareas concretas. Es una inmensa esfera intelectual donde se aprende a explorar libremente todos los saberes. Y, de forma simultánea, un ágora sin límites, un foro donde las personas se reúnen, dialogan, intercambian y adquieren, a menudo de forma compartida, una cultura, conocimientos, valores.

Internet representa, a ojos de estas nuevas generaciones, lo que era para sus mayores, de forma simultánea, la escuela y la biblioteca, el arte y la enciclopedia, la polis y el templo, el mercado y la cooperativa, el estadio y el escenario, el viaje y los juegos, el circo y el burdel... Es tan fabuloso que “el individuo, en su placer por evolucionar en un universo tecnológico, no se preocupa por saber, y menos aún por comprender, que las máquinas gestionan su día a día. Que cada uno de sus actos y gestos es grabado, filtrado, analizado y, eventualmente, vigilado. Que, lejos de liberarlo de sus obstáculos físicos, la informática de la comunicación constituye sin duda la herramienta de vigilancia y de control más increíble que el ser humano haya podido crear jamás” (4).

Este intento de control total de Internet representa un peligro inédito para nuestras sociedades democráticas: “Permitir la vigilancia de Internet –afirma Glenn Greenwald, el periodista estadounidense que difundió las revelaciones de Edward Snowden– viene a ser lo mismo que someter a un control estatal exhaustivo prácticamente todas las formas de interacción humana, incluido el pensamiento propiamente dicho” (5).

Ésta es la gran diferencia con los sistemas de vigilancia que existían antes. Sabemos, desde Michel Foucault, que la vigilancia ocupa una posición central en la organización de las sociedades modernas. Éstas son “sociedades disciplinarias” donde el poder, por medio de técnicas y de estrategias complejas de vigilancia, busca ejercer el mayor control social posible (6).


Esta voluntad por parte del Estado de saberlo todo sobre los ciudadanos está legitimada políticamente por la promesa de una mayor eficacia en la administración burocrática de la sociedad. Así, el Estado afirma que será más competitivo y, por lo tanto, servirá mejor a los ciudadanos si los conoce mejor, de la forma más profunda posible. Sin embargo, al haber pasado a ser cada vez más invasiva, la intrusión del Estado ha terminado provocando, desde hace tiempo, un creciente rechazo entre los ciudadanos que aprecian el santuario de la vida privada. Desde 1835, Alexis de Tocqueville señalaba ya que las democracias modernas de masas producen ciudadanos privados cuya principal preocupación es la protección de sus derechos. Y que esto hace que sean particularmente quisquillosos y belicosos contra las pretensiones intrusivas y abusivas del Estado (7).

Esta tradición se prolonga en la actualidad en la persona de los “lanzadores de alertas”, como Julian Assange y Edward Snowden, ambos perseguidos ferozmente por Estados Unidos. Y, en defensa de ellos, el gran intelectual estadounidense Noam Chomsky afirma: “Para estos ‘lanzadores de alertas’, su lucha por una información libre y transparente es una lucha casi natural. ¿Tendrán éxito? Depende de la gente. Si Snowden, Assange y otros hacen lo que hacen, lo hacen en su calidad de ciudadanos. Están ayudando al público a descubrir lo que hacen sus propios Gobiernos. ¿Existe acaso una tarea más noble para un ciudadano libre? Y se los castiga severamente. Si Washington pudiera echarles el guante, sería peor aún. En Estados Unidos existe una ley de espionaje que data de la Primera Guerra Mundial; Obama la ha usado para evitar que la información difundida por Assange y Snowden llegue al público. El Gobierno va a intentarlo todo, incluso lo indecible, para protegerse de su ‘enemigo  principal’.  Y el ‘enemigo principal’ de cualquier Gobierno es su propia población” (8).

En la era de Internet, el control del Estado alcanza dimensiones alucinantes, ya que, de una manera o de otra, como ya se ha dicho, confiamos a Internet nuestros pensamientos más personales e íntimos, tanto profesionales como emocionales. Así, cuando el Estado, con ayuda de tecnologías súper poderosas, decide pasar a escanear nuestro uso de Internet, no sólo rebasa sus funciones, sino que, además, profana nuestra intimidad, deshuesa literalmente nuestro espíritu y saquea el refugio de nuestra vida privada.

Sin saberlo, a ojos de los nuevos “Estados de vigilancia”, nos convertimos en clones del héroe de la película El Show de Truman (9), expuestos en directo a la mirada de miles de cámaras y a la escucha de miles de micrófonos que exponen nuestra vida privada a la curiosidad planetaria de los servicios de información.

A este respecto, Vince Cerf, uno de los inventores de la Web, considera que “en la época de las tecnologías digitales modernas, la vida privada es una anomalía...”(10). Leonard Kleinroc, uno de los pioneros de Internet, es aún más pesimista: “Básicamente –considera–, nuestra vida privada se ha acabado y, por así decirlo, es imposible recuperarla” (11).


 Por una parte, muchos ciudadanos se resignan, como si de una especie de fatalidad de la época se tratara, al fin de nuestro derecho al anonimato. Por otra parte, esta preocupación de defender nuestra vida privada puede parecer reaccionaria o “sospechosa” porque sólo aquellos que tienen algo que esconder intentan esquivar el control público. Por lo tanto, las personas que consideran que no tienen nada que reprocharse ni nada que ocultar, no son hostiles a la vigilancia del Estado. Sobre todo si ésta, tal y como lo prometen y lo repiten las autoridades, está acompañada por una ganancia sustancial en materia de seguridad. Sin embargo, este discurso –“Dadme un poco de vuestra libertad, os la devuelvo centuplicada en garantía de seguridad.”– es una estafa. La seguridad total no existe, no puede existir. Es un engaño. Sin embargo, la “vigilancia total” se ha convertido en una realidad indiscutible.

Contra la estafa de la seguridad, cantinela constante de todos los poderes, recordemos la lúcida advertencia lanzada por Benjamin Franklin, uno de los autores de la Constitución estadounidense: “Un pueblo dispuesto a sacrificar un poco de libertad por un poco de seguridad no merece ni lo primero ni lo segundo. Y acaba perdiendo las dos”.

Una sentencia de perfecta actualidad y que debería animarnos a defender nuestro derecho a la vida privada, cuya principal función no es otra que proteger nuestra intimidad. Jean-Jacques Rousseau, filósofo de la Ilustración y primer pensador que “descubrió” la intimidad, nos dio el ejemplo. ¿No fue él también el primero en rebelarse contra la sociedad de su tiempo y contra su voluntad inquisidora de querer controlar la conciencia de los individuos?

“El fin de la vida privada sería una auténtica calamidad existencial”, ha subrayado igualmente la filósofa contemporánea Hanna Arendt en su libro La condición humana (12). Con una formidable clarividencia, en su obra señala los peligros para la democracia de una sociedad donde la distinción entre la vida privada y la vida pública estaría establecida de forma insuficiente, lo que, según Arendt, significaría el fin del hombre libre. Y arrastraría a nuestras sociedades, de manera implacable, hacia nuevas formas de totalitarismo.
(1) Katrina van den Heuvel et Stephen F. Cohen, ? “Edward Snowden: A ‘Nation’ Interview”,The Nation, Nueva York, 28 de octubre de 2014.
(2) La Conversación (The Conversation), 1973. Dirección: Francis F. Coppola. Intérpretes: Gene Hackman, John Cazale, Cindy Williams, Harrison Ford, Robert Duvall. Palma de Oro 1974 en el Festival de Cannes.
(3) Ignacio Ramonet, “Entrevista a Julian Assange: ‘Google nos espía e informa al Gobierno de Estados Unidos’”, Le Monde diplomatique en español, diciembre de 2014.
(4) Jean Guisnel en su prefacio al libro de Reg Whitaker, Tous fliqués. La vie privée sous surveillance, Denoël, París, 2001 (en español: El fin de la privacidad. Cómo la vigilancia total se está convirtiendo en realidad, Paidós, Barcelona, 1999).
(5) Glenn Greenwald, No place to hide. Edward Snowden, the NSA, and the US Surveillance State, Metropolitan Books, Nueva York, 2014.
(6) Michel Foucault, Vigilar y castigar, Biblioteca Nueva, Madrid, 2012.
(7) Alexis de Tocqueville, La democracia en América, Akal, Madrid, 2007.
(8) Ignacio Ramonet, “Entrevista con Noam Chomsky: Contra el imperio de la vigilancia”,Le Monde diplomatique en español, abril de 2015.
(9) El Show de Truman (The Truman Show) (1998). Dirección: Peter Weir. Intérpretes: Jim Carrey, Ed Harris.
(10) Marianne, París, 10 de abril de 2015.
(11) El País, Madrid, 13 de enero de 2015.

(12) Hanna Arendt, La condición humana,  Paidós, Barcelona, 2005.

Fuente fotografía: http://www.radiorebelde.cu/noticia/ignacio-ramonet-democracia-venezuela-es-ejemplo-para-mundo-20121007/