LES ALTERNATIVES DE GESTHA

Moltes d'aquestes propostes podrien aplicar-se en el termini d'un any.

CUANDO QUEDAS ATRAPADX EN LA DESTRUCCIÓN, DEBES ABRIR UNA PUERTA A LA CREACIÓN. Anaïs Nine

Es de las crisis que nacen la inventiva, los descubrimientos y las grandes estrategias. Albert Einstein

INTERFERÈNCIES

Los diputados del pueblo no son sus representantes, sólo son sus comisarios. Las leyes que el pueblo mismo no ratifica no tienen validez, son leyes nulas. Jean-Jacques Rousseau

HOME: EL NOSTRE PLANETA

Si no somos dueños de la frescura del aire, ni del brillo del agua, ¿Cómo podrán ustedes comprarlos? Gran Jefe Seattle

EL ACONTECIMIENTO #15M

No me fio de la incomunicabilidad, es la fuente de toda violencia. Jean-Paul Sartre

Es mostren els missatges amb l'etiqueta de comentaris xarxes socials. Mostrar tots els missatges
Es mostren els missatges amb l'etiqueta de comentaris xarxes socials. Mostrar tots els missatges

divendres, 9 de gener del 2015

El fin de la televisión de masas: hacia una sociedad controlada

Artículo de Ignacio Ramonet publicado en Le Monde Diplomatique

La televisión sigue cambiando rápidamente. Esencialmente por las nuevas prácticas de acceso a los contenidos audiovisuales que observamos sobre todo entre las jóvenes generaciones. Todos los estudios realizados sobre las nuevas prácticas de uso de la televisión en Estados Unidos y en Europa indican un cambio acelerado. Los jóvenes televidentes pasan del consumo “lineal” de TV hacia un consumo en “diferido” y “a la carta” en una “segunda pantalla” (ordenador, tablet, smartphone). De receptores pasivos, los ciudadanos están pasando a ser, mediante el uso masivo de las redes sociales, “productores-difusores”, o productores-consumidores (prosumers).

En los primeros años de la televisión, el comportamiento tradicional del telespectador era mirar los programas directamente en la pantalla de su televisor de salón, manteniéndose a menudo fiel a una misma (y casi única) cadena. Con el tiempo todo eso cambió. Y llegó la era digital. En la televisión analógica ya no cabían más cadenas y no existía posibilidad física para añadir nuevos canales, porque un bloque de frecuencia de seis megahercios equivale a una sola señal, un solo canal. Pero con la digitalización, el espectro radioeléctrico se fracciona y se optimiza. Por cada frecuencia de 6 MHz, en vez de una sola cadena, se pueden ahora transmitir hasta seis u ocho señales, y se multiplica de ese modo la cantidad de canales. Donde antes, en una zona había siete, ocho o diez canales, ahora hay cincuenta, sesenta, setenta o centenares de canales digitales...

Esa explosión del número de cadenas disponibles, particularmente por cable y satélite, dejó obsoleta la fidelidad del telespectador a un canal de preferencia y suprimió la linealidad. Como en el restaurante, se abandonó la fórmula del menú único para consumir platos a la carta, simplemente zapeando con el mando a distancia entre la nueva multitud de canales.

La invención de la Web –hace 25 años– favoreció el desarrollo de Internet y el surgimiento de lo que llamamos la “sociedad conectada” mediante toda clase de links y enlaces, desde el correo electrónico hasta las diferentes redes sociales (Facebook, Twitter, etc.) y mensajerías de texto y de imagen (WhatsApp, Instagram, etc.). La multiplicación de las nuevas pantallas, ahora nómadas (ordenadores portátiles, tablets, smartphones), ha cambiado totalmente las reglas del juego.

La televisión está dejando de ser progresivamente una herramienta de masas para convertirse en un medio de comunicación consumido individualmente, a través de diversas plataformas, de forma diferida y personalizada.

Esta forma diferida se alimenta en particular en los sitios de replay de los propios canales de televisión, que permiten, vía Internet, un acceso no lineal a los programas. Estamos presenciando el surgimiento de un público que conoce los programas y las emisiones pero no conoce forzosamente la parrilla, ni siquiera el canal de difusión al que pertenecen esos programas originalmente.

A esta oferta, ya muy abundante, se le suman ahora los canales online de la Galaxia Internet. Por ejemplo, las decenas de cadenas que YouTube difunde, o los sitios de vídeo alquilados a la carta. Hasta el punto de que ya no sabemos siquiera lo que la palabra televisión significa. Reed Hastings, director de Netflix, el gigante estadounidense del vídeo en línea (con más de 50 millones de suscriptores), declaró recientemente que "la televisión lineal habrá desaparecido en veinte años porque todos los programas estarán disponibles en Internet". Es posible, pero no es seguro.

También están desapareciendo los propios televisores. En los aviones de la compañía aérea American Airlines, por ejemplo, los pasajeros de clase ejecutiva ya no disponen de pantallas de televisión, ni individuales, ni colectivas. Ahora, a cada viajero se le entrega una tablet para que él mismo se haga su propio programa y se instale con el dispositivo como mejor le convenga (acostado, por ejemplo). En Norvegian Air Shuttle van más lejos, no hay pantallas de televisión en el avión, ni tampoco entregan tablets, pero el avión posee wi-fi y la empresa parte del principio de que cada viajero lleva una pantalla (un ordenador portátil, o tablet, o smartphone) y que basta pues con que se conecte, en vuelo, al sitio web de la Norvegian para ver películas, o series, o emisiones de televisión, o leer los periódicos (que ya no se reparten...).

Jeffrey Cole, un profesor estadounidense de la Universidad UCLA, experto en medios en Internet y redes sociales, confirma que la televisión se verá cada vez más por la Red. Nos dice: “En la sociedad conectada la television sobrevivirá, pero disminuirá su protagonismo social; mientras que las industrias cinematográfica y musical podrían desvanecerse”.

Sin embargo Jeffrey Cole es mucho más optimista que el patrón de Netflix, ya que afirma que, en los próximos años, el promedio de tiempo consagrado a la televisión pasará de entre 16 a 48 horas a la semana actualmente, hasta 60 horas, dado que la televisión, dice Cole,  “va saliendo de la casa” y se podrá ver “en todo momento”, gracias a cualquier dispositivo-con-pantalla, con sólo conectarse a Internet o mediante la nueva telefonía 5G.

También hay que contar con la competencia de las redes sociales. Según el último informe de Facebook, casi el 30% de los adultos de EE UU se informa a través de Facebook y el 20% del tráfico de las noticias proviene de esa red social. Mark Zuckerberg afirmó hace unos días, que el futuro de Facebook será en vídeo: “Hace cinco años, la mayor parte del contenido de Facebook era texto, ahora evoluciona hacia el vídeo porque cada vez es más sencillo grabar y compartir”.

Por su parte, tambien Twitter está cambiando de estrategia: y está pasando del texto al vídeo. En un reciente encuentro con los analistas bursátiles de Wall Street, Dick Costolo, el consejero delegado de Twitter, reveló los planes del futuro próximo de esa red social: “2015 –dijo– será el año del vídeo en Twitter”. Para los usuarios más antiguos, eso tiene sabor a traición. Pero según Costolo, el texto, su esencia, los célebres 140 caracteres iniciales, está perdiendo relevancia. Y Twitter quiere ser el ganador en la batalla del vídeo en los teléfonos móviles.

Según los planes de la dirección de Twitter, se pueden subir vídeos desde el móvil a la red social a partir de ahora, a comienzos de 2015. Se pasará de los escasos seis segundos actuales (que permite la aplicación Vine), a añadir un vídeo, tan largo como sea, directamente en el mensaje.

Google también quiere ahora difundir contenidos visuales destinados a su gigantesca clientela de más de mil trescientos millones de usuarios que consumen unos seis mil millones de horas de vídeo cada mes... Por eso Google compró YouTube. Con más de 130 millones de visitantes únicos al mes, en Estados Unidos, YouTube tiene una audiencia superior a la de Yahoo! En Estados Unidos, los 25 principales canales online de YouTube tienen más de un millon de visitantes únicos a la semana. YouTube ya capta más jóvenes de entre 18 y 34 años que cualquier otro canal estadounidense de televisión por cable.

La apuesta de Google es que el vídeo en Internet va a terminar poco a poco con la televisión. John Farrell, director de YouTube en América del Sur, prevé que el 75% de los contenidos audiovisuales serán consumidos vía Internet en 2020.

En Canadá, por ejemplo, el vídeo en Internet ya está a punto de sustituir a la televisión como medio de consumo masivo. Según un estudio de la empresa de sondeos Ipsos Reid and M Consulting “el 80% de los canadienses reconocen que cada vez ven más vídeos en línea en la Red”, lo que significa que, con semejante masa crítica (¡80%!), se acerca el momento en que los canadienses verán más vídeos y programas en línea que en la televisión.

Todos estos cambios se perciben claramente no sólo en los países ricos y desarrollados. También se ven en América Latina. Por ejemplo, los resultados de un estudio, realizado por la investigadora mexicana Ana Cristina Covarrubias (directora de la empresa Pulso Mercadológico) confirman que la Red y el ciberespacio están cambiando aceleradamente los modelos de uso de los medios de comunicación, y en particular de la televisión, en México. La encuesta se refiere exclusivamente a los habitantes del Distrito Federal de México y concierne a dos grupos precisos de población: 1) jóvenes de 15 a 19 años; 2) la generación anterior, padres de familia de entre 35 y 55 años de edad con hijos de 15 a 19 años. Los resultados revelan las siguientes tendencias: 1) tanto en el grupo de los jóvenes como en la generación anterior, las nuevas tecnologías han penetrado ya en elevada proporción: el 77% posee teléfono móvil, el 74% ordenador, el 21% tablet, y el 80% tiene acceso a Internet. 2) El uso de la televisión abierta y gratuita está bajando y se sitúa apenas en el 69%, mientras que el de la televisión de pago está subiendo y ya alcanza casi el 50%. 3) Por otra parte, aproximadamente la mitad de los que ven la televisión (29%), usan el televisor como pantalla para ver películas que no son de la programación televisiva, ven DVD/Blu-ray o Internet/Netflix. 4) El tiempo de uso diario del teléfono móvil es el más alto de todos los aparatos digitales de comunicación. El móvil registra 3 horas 45 minutos. El ordenador tiene un tiempo de uso diario de dos horas y 16 minutos, la tablet de una hora y 25 minutos; y la televisión de apenas dos horas y 17 minutos. 5) El tiempo de visita a redes sociales, es de 138 minutos diarios para Facebook, 137 para WhatsApp; en cambio para la televisión es de sólo 133 minutos. Si se suman todos los tiempos de visitas a las redes sociales, el tiempo de exposición diaria a las redes es de 480 minutos, equivalentes a 8 horas diarias, mientras el de la televisión es de sólo 133 minutos, equivalentes a 2 horas y 13 minutos. La tendencia indica claramente que el tiempo dedicado a la televisión ha sido rebasado, ampliamente, por el tiempo dedicado a las redes sociales.

La era digital y la sociedad conectada son ya pues realidades para varios grupos sociales en la Ciudad de México. Y una de sus principales consecuencias es el declive de la atracción por la televisión, especialmente la que emite en abierto, como resultado del acceso a los nuevos formatos de comunicación y a los contenidos que ofrecen los medios digitales. El gran monopolio del entretenimiento que era la televisión en abierto está dejando de serlo para ceder espacio a los medios digitales. Cuando antes un cantante popular, por ejemplo, en una emisión estelar de sábado por la noche, podía ser visto por varios millones de telespectadores (unos 20 millones en España), ahora ese mismo cantante tiene que pasar por 20 canales diferentes para ser visto a lo sumo por 1 millón de televidentes.

De ahora en adelante, el televisor estará cada vez más conectado a Internet (es ya el caso en Francia para el 47% de los jóvenes de entre 15 y 24 años). El televisor se reduce a una mera pantalla grande de confort, simple extensión de la Web que busca los programas en el ciberespacio y en Cloud (“Nube”). Los únicos momentos masivos de audiencia en vivo, de “sincronización social” que siguen reuniendo a millones de telespectadores, serán entonces los noticiarios en caso de actualidad nacional o internacional espectacular (elecciones, catástrofes, atentados, etc.), los grandes eventos deportivos o las finales de juegos de emisiones de tipo reality show.

Todo esto no es únicamente un cambio tecnológico. No es sólo una técnica, la digital, que sustituye a otra, la analógica, o Internet que sustituye a la televisión. Esto tiene implicaciones de muchos órdenes. Algunas positivas: las redes sociales, por ejemplo, favorecen el intercambio rápido de información, ayudan a la organización de los movimientos sociales, permiten la verificación de la información, como es el caso de WikiLeaks... No cabe duda de que los aspectos positivos son numerosos e importantes.

Pero también hay que considerar que el hecho de que Internet esté tomando el poder en las comunicaciones de masas significa que las grandes empresas de la Galaxia Internet –o sea, Google, Facebook, YouTube, Twitter, Yahoo!, Apple, Amazon, etc.– todas ellas estadounidenses (lo cual en sí mismo ya constituye un problema...) están dominando la información planetaria. Marshall McLuhan decía que “el medio es el mensaje”, y la cuestión que se plantea ahora es: ¿cuál es el medio? Cuando veo un programa de televisión en la web, ¿cuál es el medio? ¿la televisión o Internet? Y en función de eso, ¿cuál es el mensaje?

Sobre todo, como reveló Edward Snowden y como afirma Julian Assange en su nuevo libro Cuando Google encontró a WikiLeaks (1), todas esas mega-empresas acumulan información sobre cada uno de nosotros cada vez que utilizamos la Red. Información que comercializan vendiéndola a otras empresas. O también cediéndola a las agencias de inteligencia de Estados Unidos, en particular a la Agencia Nacional de Seguridad, la temible NSA. No nos olvidemos de que una sociedad conectada es una sociedad espiada, y una sociedad espiada es una sociedad controlada.

dissabte, 27 d’abril del 2013

La narración del atentado de Boston es una radiografía perfecta de nuestra sociedad

Artículo publicado en YOROKOBU Take a walk on the slow side por Borja Ventura. Un análisis sobre el tratamiento de la información que refleja fielmente lo que el cineasta, filósofo y escritor francés Guy Debord denominó la Sociedad del Espectáculo, en la que hoy nos hallamos inmers@s.
  
La otra tragedia de Boston: lo mal que contamos lo que pasaba

La narración del atentado de Boston es una radiografía perfecta de nuestra sociedad: una visión parcial de una realidad como respuesta a un fenómeno inesperado, el miedo ante lo desconocido, la búsqueda del culpable, la avalancha de la masa y la discrepancia respecto a la versión oficial. Todo ello aderezado con dramas humanos y una puesta en escena digna de Hollywood. Solo faltaba que los medios pusieran su granito de arena para crear la narrativa perfectamente catastrófica.

Cuántas veces habremos ido al cine para salir pensando que la película estaba bien, pero el guión estaba lleno de incoherencias o consecuencias inverosímiles. Si lo sucedido en Boston, donde tres personas murieron y dos centenares más resultaron heridas, fuera una película sería una de esas. Pero no, este caso ha sido real.

Conceptualización del hecho

A nuestro cerebro parece que le guste que le digan lo que tiene que pensar. Aunque nos aferramos con uñas y dientes al poder de decisión, a la personalización y al consumo dónde y cuándo queramos que nos permite la tecnología, necesitamos consejo.

Interprétalo como una guía de viaje ante la inmensidad de la realidad. En la Red es lo que ofrece Google, un lugar al que ir a preguntar cómo llegar a un sitio, un punto de partida desde el que empezar. Y ante la actualidad eso es lo que ofrecen los medios: una visión determinada de la realidad, una cómoda selección de lo que es importante acorde a dicha visión.

Toda producción cinematográfica, toda historia, necesita un nombre. Puede ser ’11S’, puede ser ‘cayuco’, puede ser ‘zona cero’, puede ser ‘recortes’. Un concepto fuerza que ayude a definir y comprender. En el caso de Boston ha sido ‘masacre’.

Pero ¿son tres muertos una masacre? Depende con qué se compare. Cada día mueren decenas en Siria y no nos interesa tanto como esta película de extraño guión. ¿Quién fija la comparación, quién pone nombre a estas realidades? Muchas veces, los medios.

La selección de la realidad
Si hay dos cosas que definen el trabajo actual de los medios son los intereses (económicos, temáticos, ideológicos) y la velocidad por ser los primeros en contar algo. ¿Y cómo unir ambas cosas? ¿Cómo decidir qué es importante y darle un nombre de forma rápida? Con un sencillo manual.

Ese manual tradicionalmente se ha llamado ‘valores noticia’ y se compone de una serie de preguntas que cualquier periodista puede responder de forma automática y sirve de cuestionario para decidir qué es importante y cuánto de importante. Ese cuestionario nos sirve para distinguir que tres muertos en Boston ‘interesan’ más que diez en Marruecos o cien en Siria.

Las preguntas son diversas: si afecta a mucha gente interesa más que si el hecho afecta a poca gente; si está de actualidad interesa más que si es un asunto pasado; si afecta a gente conocida interesa más que si afecta a desconocidos; si la historia es inusual interesa más que si es normal; si afecta a gente afín o contraria interesa más que si afecta a gente que nos es indiferente. Las preguntas son infinitas.

Pasando ese cuestionario es fácil ver que lo de Boston ha afectado a mucha gente, es de actualidad en tanto en cuanto la historia se narró en directo, no es usual que haya atentados en suelo estadounidense y afecta a gente sociológicamente afín. El drama de Siria no es ya inusual, tras más de un año de guerra, ni afecta a gente sociológicamente afín. Moraleja, en el mercado de los medios pesa más el kilo de muerto de un sitio que de otro, por decirlo con la crudeza con la que opera este cuestionario. Esta semana dos centenares de personas han muerto en una fábrica ilegal de textiles en Bangladesh que produce ropa para marcas españolas y a nadie le ha interesado la historia.

Luego esas respuestas pasarían por el tamiz de los intereses propios del medio: si encaja con la ideología del medio, si encaja con la visión de la sociedad por la que apuesta el medio, si va a generar audiencia y por tanto será rentable económicamente, si es fácil contar ese hecho…

Ese cuestionario, que explicado así resulta farragoso, es una especie de circuito mental periodístico automático: con leer un titular todo periodista sabe el resultado del test sin pensar las respuestas una a una. Lo llaman olfato, criterio, enfoque… pero en realidad es una herramienta de selección: ante el marasmo de información disponible el lector necesita que alguien seleccione de qué informarse y le evite hacer él mismo ese proceso.

Como consecuencia los medios reflejan una realidad irreal, llena de hechos llamativos y frescos, extremos e interesados. El clima perfecto para todo medio es tener siempre algo que contar: hoy la explosión en la planta de fertilizantes de West con “al menos 40 muertos” que no fueron, mañana el atentado de Boston, pasado el partido de Champions, después la cifra del paro, luego las protestas ante el Congreso y después los recortes del Gobierno.

Voracidad y sobrerrepresentación
Con tantas cosas sucediendo cada día se necesitan nombres, conceptos, ideas que hagan que la gente encasille y clasifique cada hecho para poder seguir el curso de los acontecimientos. Son pequeñas píldoras de información espectacular que no profundiza, contextualiza o explica.

En esa rueda no solo corren los medios, sino también (y, si cabe, más rápido) las redes sociales. Son la expresión perfecta del gatillo fácil. Pasar de un comentario a una campaña a favor o en contra de algo depende de un retuit. Hundir la mayor Bolsa del mundo y que se evaporen 136.500 millones de dólares en cinco minutos es cuestión de un bulo.

La economía es producto de sensaciones, pero también la política y la sociedad: palabras como ‘confianza’, ‘riesgo’ o ‘marca’ decantan la balanza. Y en un contexto tan etéreo el pánico se contagia rápido, sea en la Bolsa, sea en los medios. Siempre tras un accidente aéreo se multiplican las noticias de incidentes en aviones que son perfectamente normales. Siempre tras un caso sanitario se multiplican las alarmas que resultan ser falsas.

Y siempre tras una situación de riesgo terrorista, como en Boston, la histeria prende y empiezan a aparecer supuestos artefactos explosivos, sobres con sustancias extrañas y amenazas por doquier. Todo queda casi siempre en nada.

Quienes sacan ventaja de esa vorágine son los medios, que hacen cundir esa sensación de pánico amplificando fenómenos aislados, relacionándolos y dándoles contexto. Lo que son en realidad incidentes normales del día a día o acciones de oportunistas de iluminados parecen por un momento parte de un ataque terrorista perfectamente coordinado. El caos cunde en gran parte gracias a ese poder de focalización de la atención, conceptualización de su significado y dispersión del mensaje de los medios y redes sociales.

Identificación del culpable
Y así, cada día, deglutiendo historias. Hoy ya no importa Corea del Norte, ni la planta de fertilizantes, y mañana habremos olvidado Boston. Pero esa voracidad se lleva por delante muchos controles de calidad cuya ausencia tienen consecuencias serias.

Por ejemplo, después del atentado el New York Post llevó a portada la fotografía de dos supuestos sospechosos que, en realidad, no eran nadie.

Por si fuera poco, durante el día de la gran persecución por las calles de Boston se volvió a identificar mal a los perseguidos. Se dijo que uno era Mike Mulugeta a raíz de lo que transmitía el escáner de la Policía, sin verificación alguna.

También se identificó al segundo sospechoso como Sunil Tripathi, un estudiante de origen indio que lleva meses desaparecido y del que se llegó a decir que era depresivo y que había dejado una nota de despedida. El muro de Facebook de la familia se llenó de insultos, hasta el punto que tuvieron que salir al paso a responder. En cuanto se supo que él realmente no había tenido nada que ver con el atentado el muro se llenó de mensajes de ánimo y el vídeo que hicieron para buscarle multiplicó sus visitas.

Pero era tarde: este martes encontraban su cuerpo sin vida. El origen del bulo fue una compañera de Sunil que creyó identificarle, y Reddit dio cancha a la historia (para luego pedir perdón)Las redes sociales aportaron su grano de arena para esparcir el falso testimonio y a partir de ahí fue imparable.

El efecto de la masa
Ejemplos similares de cómo las redes sociales se convierten en una avalancha hay a diario: desde campañas contra personajes conocidos por comentarios desafortunados a, más recientemente, que un tuit falso desde la cuenta hackeada de Associated Press hiciera perder a la Bolsa 136.000 millones de dólares en cinco minutos. Es el efecto de la masa, imparable en movimiento, y no siempre acertada.

Pese a ello los medios, ávidos de información en una noche de infarto, se tragaron la historia: había tanta prisa por informar que cualquier rumor era una novedad digna de ser contada como si fuera verdad. Durante las horas que duró el asedio la información era un goteo constante y los rumores y desmentidos un caudal gigantesco. Las autoridades cerraron un barrio entero, que luego fueron seis y luego el Gobernador amplió a toda la ciudad.

Imagina una ciudad más grande que Madrid con todo el mundo encerrado, temblando de miedo ante tantos rumores distintos sobre un enemigo sin identificar. El miedo en sí no es un nuevo posible atentado, sino el caos: no saber quién te ataca, ni por qué, eso convierte en arbitrario al enemigo y todo se convierte en un objetivo. Es, de hecho, la misma lógica que las películas de terror: el problema no es el asesino con un perfil concreto, sino el asesino en serie que mata por matar, desbocado, imprevisible.

De ahí el esfuerzo de los medios por acotar, encajar, guiar a la gente a una identidad y una razón. Darles un nombre y una cara para poder odiar, aunque sea errando. Hasta la CNN habló de una detención nada más empezar la persecución. Las televisiones retransmitieron en directo cómo la Policía detenía y desnudaba a un joven en plena calle que estaba en el lugar equivocado en el peor momento de todos. Le liberaron al poco rato, pero sus imágenes, desnudo y esposado, seguían ahí.

Luego llegó el baile de nacionalidades: primero se dijo que eran turcos, luego que eran rusos, luego que eran chechenos. Hasta la embajada de la República Checa mandó una nota advirtiendo que su país y Chechenia no eran lo mismo porque no confiaban en que el ciudadano medio estadounidense supiera qué era Chechenia y por qué un par de chechenos podía querer atacarles. O kurdos, o rusos.

Espectáculo y conspiración
El penúltimo paso lo pusieron las teorías de la conspiración: que si una misma mujer en dos lugares distintos, que si el amputado de la fotografía es en realidad un soldado que ya era discapacitado… Con cada gran catástrofe siempre pasa lo mismo, como en EE UU los que creen que el 11S fue un autogolpe de Estado y los que en España creen que el 11M lo articuló el PSOE con ETA.

El último paso para cerrar el círculo de la cobertura mediática es el drama y la sangre. Portadas llenas de fotografías dantescas para ilustrar la situación, imágenes del suelo cubierto de sangre… Es la guinda final a una película con todos los ingredientes para arrasar en la taquilla de la audiencia mediática. Al final, cuando los malos son reducidos, la gente sale a la calle y jalea a los policías, se envuelve de su bandera y ni cuestiona si el despliegue de miles de agentes y soldados, el colapso total de una ciudad como Boston, valió realmente la pena y fue necesario. Los efectos especiales no se cuestionan.

Pero, lógicamente, hay otra forma de hacer las cosas. Parar, preguntar, confirmar, informar. Pensar como los japoneses, que no permitieron que se publicara ni una fotografía cruenta tras el brutal cataclismo provocado por un terremoto histórico, un tsunami devastador y una explosión nuclear.

Pero el cine que triunfa, ya se sabe, es el de Hollywood, no el asiático.