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dimecres, 4 de desembre del 2013
Nos prometieron un nuevo renacimiento y nos están llevando a un nuevo feudalismo
Artículo de Juan Tugores Ques, Catedrático de Economía de la Universidad de Barcelona y colaborador de Economistas Frente a la Crisis en Cataluña
Una de las crueles paradojas de la
crisis, cada vez más abrumadoramente evidente, es que su gestión ha
estado, y continua estando, en manos de quienes la provocaron. Con ello
han conseguido no sólo inmunidad e impunidad sino además generar un
escenario postcrisis en que aumentan su peso los poderosos intereses que
representan y que difieren sustancialmente de los del conjunto de la
sociedad. Cada vez adquiere más relieve la expresión “quiet coup” –
golpe de estado sigiloso, en alguna traducción en la web – que desde
2009 viene utilizando Simon Johnson – nada menos que execonomista-jefe
del FMI – para describir, con experiencias de primera mano, cómo las
élites financieras – con conexiones y altavoces en los ámbitos políticos
y académicos cada vez más fácilmente identificables – nos han llevado a
la actual situación y siguen decidiendo nuestros destinos.
Una parte importante del “relato” de
estas élites caracteriza la crisis como una fase schumpeteriana de
“destrucción creativa”. Apela a los excesos del pasado – sin mencionar
que los más importantes son los que ellos mismos generaron en los
ámbitos que controlaban – para presentar la crisis como un mecanismo
depurador, prácticamente “purificador” de las ineficiencias acumuladas
y, por ello, como la condición necesaria o antesala de una nueva era en
que las fuerzas de la innovación creativa que ellos dicen encarnar –
suelen llamarle “excelencia” – propiciarán un nuevo renacimiento una
vez liberadas de lastres tales como los “derechos adquiridos”, los
mecanismos de cobertura social y buena parte de las “cargas” del Estado
de Bienestar.
La retórica de la austeridad se ha
alejado de la noble virtud del ahorro y la preocupación por el futuro
para pasar a prostituir el concepto utilizándolo como ariete contra el
modelo social europeo – el estado del bienestar – logro histórico que ha
demostrado que es posible combinar, con potentes complementariedades,
un razonable crecimiento económico con la democracia política y las
políticas sociales. Las verdaderas intenciones de esos planteamientos
aparecieron con nitidez primero con la “carga” contra el estado de
bienestar, luego con la presentación de los “gobiernos tecnocráticos”
como alternativa superior a la democracia (y con la cada vez más
indisimulada admiración, especialmente en privado, con los “parámetros”
de gobernanza de China o incluso de Rusia), y más recientemente con las
referencias a que el estancamiento secular puede ser una opción…si no
seguimos sus directrices.
Pero la realidad es tozuda. Cada vez son
más evidentes los cambios en la distribución de la renta, iniciados con
la globalización pre-crisis, acentuados con ésta, y que, de continuar
como hasta ahora, se acentuarán en los escenarios postcrisis. Incluso el
Journal of Economic Pesrpectives dedica en 2013 uno de sus influyentes
symposia a la concentración de los ingresos en el 1% más rico de la
población. Algunos indicadores al respecto muestran cómo estos primeros
tiempos del siglo XXI nos retrotraen a distribuciones de la renta
similares a las de hace un siglo. Otro ex economista-jefe de FMI,
Raghuram Rajan, ha explicado con claridad por qué la creciente
desigualdad no es sólo un problema social “colateral” sino una fuente de
ineficiencias y fragilidades que han tenido mucho que ver con la
gestación de la Gran Depresión, de la actual Gran Recesión y, añadamos,
si seguimos por este camino, de la próxima.
El empobrecimiento de amplios segmentos
de las clases medias y populares ha debilitado el motor de la
estabilidad económica y política especialmente en Occidente, abriendo
incertidumbres sociopolíticas y conduciendo a revisar los
acontecimientos que generaron en el Viejo Continente dinámicas similares
en las décadas de 1920 y 1930. A un nivel más concreto, en algunos
países como los del Sur de Europa, incluso el Banco de España ha
mostrado datos acerca del sobrecoste que han de pagar por acceder al
(escaso) crédito las medianas y pequeñas empresas en comparación con el
coste de financiación para las grandes empresas. Las tendencias
regresivas a escala internacional se ven así especialmente acentuadas en
los países del Sur de Europa.
La concentración de poder en las élites
no es sólo económica sino asimismo política e ideológica. La capacidad
de los sectores más poderosos para influir sobre la realpolitik no ha
dejado de crecer con la crisis pese, debe insistirse, a ser sus
principales causantes. El discurso de la “inevitabilidad” trata de
provocar la resignación del conjunto de la sociedad, y las formas
despectivas (seamos suaves) con que influyentes sectores de la academia
tratan cualquier discrepancia, pretenden cerrar el círculo de los
poderosos (y bien financiados) “intereses creados”. Esta concentración
del control de posiciones de influencia es sustancialmente más parecida a
la de épocas feudales, con la ortodoxia económica desempeñando un papel
similar al de la ortodoxia eclesiástica de aquellas épocas, incluidas
las funciones inquisitoriales frente a cualquier disidencia. Estos
rasgos, junto con las tendencias de desigualdad en la distribución de la
renta, encajan bien en la conceptualización como neofeudalismo para
referirnos a lo que se está alumbrando. Justo en las antípodas del
neo-renacimiento que describen los apologetas de la ortodoxia. “Si no os
gustó la crisis, esperad a ver lo que llamamos recuperación” podría ser
el sentimiento íntimo de algunos de ellos…
Llegados a este punto aparece la cuestión
central de la necesidad de profundizar en una alternativa sólida. El
enorme reto abierto, tan crucial como urgente, es conformar una
alternativa capaz no sólo de explicar de forma convincente un relato
mejor sustentado en los hechos. También ha de ser capaz de sintonizar
con las experiencias y expectativas de amplios sectores de la población.
Capaz de convertir en planteamientos operativos a través del sistema
democrático (todavía) vigente la conformación de propuestas susceptibles
de recibir apoyos ciudadanos en las urnas. Capaz de superar las
presiones y descalificaciones de todo tipo que se lanzan contra
cualquier iniciativa al respecto. Capaz de jugar en los mismos niveles –
nacionales e internacionales, mediáticos y sociales – en que han
articulado ya posiciones hegemónicas los “intereses creados”. Capaz de
afrontar la lección bíblica de que a menudo “los hijos de las tinieblas
son más preclaros que los hijos de la luz”. Capaz, en definitiva, de
re-encauzar los acontecimientos y las decisiones de tal manera que
nuestros hijos y nietos puedan seguir viviendo en un modelo social y
político en que se siga mostrando la complementariedad entre progreso
económico, democracia política y bienestar social. Capaz de evitar, por
el contrario, que cuando mi generación explique a sus nietos lo que era
el estado del bienestar su respuesta no sea que no les “contemos
batallitas”. Capaz de evitar que nos reescriban la historia a su
dictado, como en la orwelliana 1984, los que nos prometieron un nuevo
renacimiento y nos condujeron a un nuevo feudalismo en que las
posiciones de señores y siervos quedaron consolidadas en el devenir de
esta crisis…
Font fotografía: http://www.diariovasco.com/20090709/economia/india-quiza-supere-china-20090709.html
dimarts, 25 de juny del 2013
DE CÓMO LA DERECHA UTILIZA A LA IZQUIERDA
Article de Fernando Gil Villa, professor de la Univertitat de Salamanca, publicat a EL DIARIO.ES
Si hace doce años usted se hubiera topado en una librería con títulos como Los ricos se hacen más ricos mientras los pobres se hacen con la cárcel, o Encarcelad a los pobres,
tal vez pensara que sus autores exageran. Si los encontrara ahora, tal
vez ya no lo pensaría tanto. Otro título ilustrativo sería el de Zygmunt
Bauman: Daños colaterales: desigualdades sociales en la era global. Los pobres encajan bien en la categoría de bajas colaterales
de las políticas de ajustes de nuestros gobiernos sureños. Se descartan
porque su escasa importancia no justifica el coste de su protección. En
los países más pobres y desiguales de Europa la metáfora se escenifica
en los suicidios y otros actos de desesperación como el del ciudadano
italiano desempleado y separado, el cóctel explosivo favorito de la
exclusión social que disparó contra los carabinieri.
Usar términos marciales para hablar de política social no parece tan
descabellado. Y es que la retórica del enemigo tanto puede aplicarse al
que nos invade desde fuera como al que nos invade por dentro. De hecho,
la figura intermedia del inmigrante extranjero encarna eternamente la
sensación de amenaza en sociedades con escasez de recursos. Tampoco está
fuera de lugar comparar la lógica económica con la militar. En
realidad, la seguridad que busca todo sujeto de derecho es doble, física
y económica. La segunda no es menos preocupante que la primera. Si no
puedes comer estás igualmente muerto. El hambre sigue siendo la primera
causa de muerte en el mundo.
Las políticas de-presoras económicas, son compatibles con las políticas re-presoras
del orden público. Si el médico receta austeridad a quien tiene
sobrepeso, puede que le haga un favor. La receta podría tener, sin
embargo, un efecto fatal para un desnutrido. De la misma forma, llega un
punto en el que la cantidad de cosas prohibidas es tal, que la libertad
se ahoga.
Ahora bien, en este punto, es
especialmente interesante observar cómo parte de los discursos de los
partidos de izquierdas justifican inconscientemente esta doble y mortal
política basada en la presión. Por un lado, piden a gritos crecimiento,
lo que supone en el fondo volver a la locura del capitalismo voraz de
consumo, en su insensata huida hacia delante. Sobre todo cuando existe
un terreno cultural abonado para ello. Uno en el que la acumulación se
convierte en ley no sólo en la dimensión económica sino en la moral:
tantos viajes has hecho, tantas idiomas hablas, tantas relaciones has
tenido, tantas visitas tienes en Facebook, tanto vales. Los supuestos
defensores de las clases humildes olvidan en más de una ocasión que la
única solución verdadera, es decir, no provisional, ante una crisis que
no es sólo económica, sino de civilización, pasa por educar en un nuevo
estilo de vida alejado de la sociedad de consumo, basado en los valores
comunitarios de la austeridad y la solidaridad. Pero a veces confunden
los objetivos, creen que luchar por la igualdad social es darle al
desnutrido el derecho de atracarse de los mismos alimentos materiales y
espirituales que los ricos.
De otro lado, si bien es
cierto que las políticas neoliberales son a grandes rasgos las causantes
de la crisis, se corre el riesgo de acalorarse en la interpretación y
acabar confundiendo aquellas políticas con la propia libertad.
Convertidas en dos hermanas míticas que dan lugar a la fundación de la
democracia –como Rómulo y Remo en el caso de Roma-, se inmortaliza sólo
una, dejando la puerta abierta para asesinar a la otra. Insensiblemente,
se van colando en nuestras tertulias de café veladas acusaciones a la
libertad como responsable del estado lastimoso en que se encuentra su
hermana. Andando coja la democracia de la pata de la igualdad, podemos
hacer dos cosas para recuperar el equilibrio, centrarnos en vigorizar
ese miembro o cercenar el otro para que queden igualados. La tentación
de aplicar este último tipo de soluciones es grande porque, en
situaciones de desesperación, cortar por lo sano es más rápido, aunque
sea doloroso.
Este tipo de creencias más o menos
explícitas sobre la austeridad y sobre la libertad, en la medida en que
emanan de posiciones ideológicas de izquierdas, tienen la consecuencia
no deseada y paradójica de servir de apoyo a una política social
conservadora. Hay que ver qué suerte tengo, -debe pensar el gobernante de derechas-
, que mis adversarios van a portar mi pancarta favorita, la de “crecer o
morir”. Así puedo jugar al despiste y aplicar medidas económicas
de-presoras y contar las bajas que causaré como daños colaterales. Y qué
bien que las gentes crean que la raíz de la crisis está en el exceso de
libertad y en la falta de regulación de las conductas de los banqueros y
otros gremios de las finanzas, lo que, por cierto, viene a coincidir
felizmente con el aumento de la demanda social de mayores penas para los
delincuentes civiles y políticos, aunque sean menores. Así tengo el
terreno abonado para mis políticas de control social represoras.