LES ALTERNATIVES DE GESTHA

Moltes d'aquestes propostes podrien aplicar-se en el termini d'un any.

CUANDO QUEDAS ATRAPADX EN LA DESTRUCCIÓN, DEBES ABRIR UNA PUERTA A LA CREACIÓN. Anaïs Nine

Es de las crisis que nacen la inventiva, los descubrimientos y las grandes estrategias. Albert Einstein

INTERFERÈNCIES

Los diputados del pueblo no son sus representantes, sólo son sus comisarios. Las leyes que el pueblo mismo no ratifica no tienen validez, son leyes nulas. Jean-Jacques Rousseau

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Si no somos dueños de la frescura del aire, ni del brillo del agua, ¿Cómo podrán ustedes comprarlos? Gran Jefe Seattle

EL ACONTECIMIENTO #15M

No me fio de la incomunicabilidad, es la fuente de toda violencia. Jean-Paul Sartre

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dimarts, 28 d’abril del 2015

Què és per a tu la Pau?

Persones d'arreu del món responen aquesta pregunta posant-la en relació amb l'experiència viscuda en països en conflicte o amb el seu compromís contra la guera i per construir la pau.



Font fotografia: http://icip.gencat.cat/ca/noticies/Capsula-Lederach-00001

dimecres, 29 de maig del 2013

Filosofía del aborto: la opinión del filósofo argentino Augusto Klappenbach

Si fuera cierta la afirmación de los antiabortistas militantes de que el embrión es un ser humano, sería verdad que todo aborto es un delito. Ningún argumento podría justificar el asesinato de una persona inocente. Pero es precisamente esa afirmación la que hay que discutir. La argumentación de nuestros obispos y de quienes los siguen da por supuesto que un embrión goza de la misma dignidad que un padre de familia. Y no se trata solo de una cuestión de tamaño, sino de diferenciar entre realidades cualitativamente distintas.

Nadie niega que en el embrión hay vida. Incluso la hay en un óvulo o un espermatozoide por separado. Pero el concepto de “vida humana” exige otras condiciones, que no se limitan a su definición biológica. En el curso de la evolución (filogénesis) se ha pasado de organismos unicelulares como las bacterias hasta los actuales seres humanos mediante un complejo proceso que ha dado lugar a la aparición de nuevas especies. ¿En qué momento de ese proceso se puede hablar de vida humana? Evidentemente, no hay una respuesta concreta: se pueden establecer características diversas como la bipedestación, el aumento de la capacidad craneal, la oposición del pulgar, el uso de herramientas, la aparición del lenguaje articulado. Pero en la historia evolutiva no existe un instante mágico en el cual lo que antes era un animal se convierte en un  titular de los derechos humanos. Lo cual no impide que hoy podamos afirmar que los seres humanos gozamos de tales derechos.

Lo mismo sucede en el proceso de la concepción (ontogénesis). El encuentro de dos células, el óvulo y el espermatozoide, inicia un proceso de transformaciones donde van apareciendo por su orden las características específicas de un ser humano, sin que pueda determinarse el momento preciso en ese proceso da lugar a un hombre o una mujer en el sentido pleno de la palabra. Parece abusivo, sin embargo, suponer que las primeras semanas del embarazo, cuando aún no han aparecido las notas morfológicas y funcionales propias de la humanidad, se pueda hablar de un ser humano titular de todos los derechos debidos a su condición. Así como tampoco se puede negar que una vez terminado ese proceso estamos en presencia de una persona que goza de tales derechos. El límite entre ambos momentos no consiste en un instante preciso sino en un proceso gradual. Desde este punto de vista, una ley de plazos como la que tenemos, que vaya otorgando mayor protección al feto en la medida en que avanza la gestación y que en las primeras semanas reserve a la madre el poder de decisión  parece la respuesta jurídica más adecuada a ese proceso biológico.

La oposición a la ley de plazos por parte de los sectores que pretenden convertir todo aborto en el asesinato de un niño no se ocupan de rebatir estas ideas. Simplemente, dan por supuesto que desde el embarazo estamos en presencia de un ser humano que goza en plenitud de todos los derechos de los demás ciudadanos. Y pretenden fundamentar esta afirmación en razones científicas, que siempre provocan un respeto reverencial entre los profanos. Pero si bien la ciencia tiene instrumentos para caracterizar la vida, para investigarla, para describir sus funciones,  no los tiene para definir la vida humana en el sentido antropológico y ético de la expresión, que es fruto de un consenso social antes que de demostraciones científicas. ¿Qué laboratorio puede determinar el momento en que un ser vivo empieza a gozar de la condición humana y por lo tanto ser sujeto de derechos? El hecho de que en el embrión esté presente el código genético que dirigirá el desarrollo futuro del organismo no significa que pueda ostentar la condición humana: en ese caso cualquier célula podría exigir la misma consideración. Para que exista una persona es necesario que ese código se desarrolle y genere un organismo con las características morfológicas, funcionales y sociales que definen a ser humano. Un feto en el útero no cumple plenamente esas condiciones: no ha completado su desarrollo y no ha comenzado su proceso de socialización, su participación en la sociedad que es la nota característica de la especie humana. De ahí que la protección jurídica que recibe sea menor que la de un recién nacido, si bien esta protección aumenta a medida que se acerca el fin de la gestación. Según la ley actual, mientras en las primeras catorce semanas la decisión de abortar depende solo de la voluntad de la madre, en las últimas es necesario que existan malformaciones incompatibles con la vida o que el feto presente  enfermedades extremadamente graves e incurables confirmadas por un comité clínico. También este enfoque gradual  y progresivo constituye una defensa de la vida, siempre que no se entienda la vida humana como una realidad meramente biológica.

Cuando la Iglesia y los sectores que la siguen se oponen a esta distinción entre vida y vida humana no se atreven a expresar sus verdaderos argumentos, que son los siguientes. La teología católica afirma que Dios infunde un alma inmortal al embrión en el momento mismo de la concepción (aunque no siempre los teólogos han sostenido esta doctrina, hasta el punto de algunos pensadores antiguos postergaban la animación de las mujeres). Esta alma consiste en lo que llaman una “sustancia incompleta”, es decir, una realidad que necesita de otra (el cuerpo) para formar un ser completo. De ahí que no puedan aceptar ninguna gradualidad en la aparición de la vida humana: se tiene un alma o no se la tiene. Y como afirman  que esa animación se produce en el momento en que el espermatozoide fecunda al óvulo, la conclusión inevitable es que todo aborto es un asesinato. Pero como este argumento se basa en creencias indemostrables, prefieren hablar de un “derecho a la vida”, con el cual es difícil no estar de acuerdo: afirmar que se defiende la vida suena mejor que asegurar una intervención divina en el momento de la fecundación. Detrás de esta teoría teológica está la tradicional penalización del sexo por parte de la Iglesia, con la consiguiente condena de la anticoncepción, la masturbación o la homosexualidad.

Es lamentable que una vez que habíamos logrado establecer una legislación razonable sobre el aborto se vuelva atrás. Y que ese retroceso se base en creencias que pueden ser respetables en la medida en que no se pretenda imponerlas a quienes no las comparten.

Artículo publicado en PÚBLICO.ES

Fuente fotografía:  http://mujeressinfonterasysinbozal.blogspot.com.es/2013/05/por-que-es-necesario-seguir-siendo.html

dimarts, 19 de febrer del 2013

EL DERECHO DEL TRABAJO

  

Article escrit per l'admistradora del bloc

Es importante explicar, antes de entrar en materia, que en los inicios de la formación de la fuerza empresarial, l@s obrer@s no consideraban la acumulación como deseable, (de hecho, ésta es la (re)creación por excelencia del sistema capitalista, en la cual se asienta), por lo que limitaban su actividad laboral al mantenimiento de sus necesidades básicas. Ante esta perspectiva, y para poder mantener el ritmo de producción deseado en sus fábricas y talleres, los empresarios disminuyeron los salarios significativamente, de manera que l@s trabajadorxs se vieran en la necesidad de prolongar al máximo una extenuante jornada laboral que les proporcionara el sustento, al tiempo que se dictaban sanciones penales a to@s aquéll@s que no cumplieran con su contrato de trabajo, limitando su movilidad y convirtiendo la fábrica en una fortaleza dirigida con una férrea disciplina. 

Una vez domesticad@s, garantizando así la provisión de mano de obra, la imposición del Trabajo se eleva a la categoría de Derecho.       


Mujeres trabajadoras de OSETIA
El Derecho del Trabajo, aunque conseguido en buena parte gracias a las luchas obreras, surge como exigencia del propio sistema capitalista para poder mantenerse y perpetuarse en el tiempo. Podemos decir que este sistema de producción cede a algunas de las reivindicaciones  sociales y laborales de l@s trabajadorxs ante la necesidad de garantizar la reproducción y supervivencia  de la mano de obra que lo sostiene. Para ello, debe mejorar la salud y las condiciones de vida de mujeres, hombres y niñ@s de manera que haga mínimamente soportable el alto nivel de explotación al que el sistema había sometido al proletariado y que hacía peligrar su propia existencia.  

De esta forma, el capitalismo se dota a sí mismo de un instrumento que pone en manos del Estado para que éste regule, en su propio beneficio, una relación entre dos fuerzas antagónicas en la que no se cuestiona jamás ni se pone nunca en peligro el status quo en el que una de ellas se mantiene como hegemónica y la otra como subordinada, de manera que a través de pequeñas concesiones el sistema no sólo permanezca intacto en el tiempo, sino que adquiera solidez. (El poder económico no desea apoderarse del Estado: lo necesita para imponer sus condiciones mediante la regulación jurídica y así dotarlas de carácter legal, obligando a su cumplimiento, y también para defender sus exigencias mediante las fuerzas represivas dependientes del poder político gobernante, al que no puede desobedecer sin incurrir en graves responsabilidades penales.)

Desde los años 80 hasta nuestros días no ha cesado el mantra neoliberal que culpa, en buena medida, a la supuesta rigidez del mercado laboral de obstaculizar la recuperación económica e, incluso, la señala como una de sus causas desencadenantes, de manera que no se cuestione jamás la viabilidad del sistema y, al mismo tiempo, se justifique la paulatina eliminación de las normas protectoras de los derechos de l@s trabajadorxs, llevada a cabo, en muchos casos, por partidos políticos social-demócratas, con el beneplácito de las fuerzas sindicales que han renunciado, gradualmente y sin pausa, a las grandes reivindicaciones laborales, legitimando socialmente, unos y otros, estos retrocesos.

Así, durante diversos años entre 1970 y 1980,  y malversando el lenguaje, se imprimieron expresiones tales como “Derecho del Trabajo de la Emergencia” o “Derecho del Trabajo de la Crisis”, que contenían medidas contrarias a los intereses de la clase trabajadora con la excusa de ser necesarias para paliar el alto índice de desocupación imperante en la época, abriéndose una etapa de “Concertación Social” en la cual las aspiraciones de mejoras laborales y sociales chocaron de pleno con la “Negociación Concesiva”. Todo un derroche de creatividad lingüística al servicio de la clase empresarial y las élites financieras.

La  aplicación de estas medidas restrictivas en materia de derecho laboral debía tener una duración limitada en el tiempo. Sin embargo, siguió manteniéndose en los períodos de crecimiento económico: en palabras de Adoración Guamán y Héctor Illueca “la desregulación del trabajo asalariado vino para quedarse”, El Huracán Neoliberal.  

La imperante hegemonía de la ideología liberal en materia económica fue desbancada por la política intervencionista de John Maynard Keynes desde  1929 -año del estallido de La Gran Depresión norteamericana- hasta la década de los 70 -en que estalla la crisis del petróleo-. El Keynesianismo se expandió por los países industrializados tras la II Guerra Mundial hasta que Margaret Thatcher, triunfadora en las elecciones británicas de 1979, y Ronald Reagan, nombrado presidente de EEUU en 1980, acaban, definitivamente, con este período de conquistas sociales y laborales.

Este giro de 360º en las políticas económicas, llevadas a cabo en gran parte de Norteamérica y Europa y que beneficiaron a las clases populares, fue posible, en primer lugar, a la amenaza que supuso para la élite que sostenía el poder la Revolución Rusa de 1917 -la Revolución de Octubre- con la  que  se demostraba que otro orden económico y social era posible, y en segundo lugar, a las luchas del proletariado estadounidense durante el período de la Gran Depresión con las que se cuestionó la legitimidad de la clase dominante y, por tanto, su mantenimiento en el poder.   

Con el desmoronamiento de la Unión Soviética en 1989, y el consiguiente retroceso de la ideología marxista, podemos decir que el neoliberalismo ve caer el bastión que hasta ese momento había opuesto resistencia a su expansión -aunque aún quedan muros en alto- presentándose como la única ideología capaz de coexistir con el sistema democrático, un sistema que ella misma se ha encargado de pervertir.